—Gallega, sí, señor—afirmó evasivamente doña Aurora.
—Será una familia decentita, ¿eh?—prosiguió el impertérrito Nuño Rasura.—Porque á eso me huele..., y yo tengo de aquí—añadió señalando á aquella escultural facción de su cara.—Ella, hablar, habla bien: sólo algún modismo... El aire es fino, adamado. ¿Conque familia decente?
—Decente, sí tal—tuvo que responder la señora, de dientes afuera.
—¿Pero artesanos? ¿Propietarios? ¿Empleaditos?
—No señor... Sobrina... (la voz de doña Aurora se atascó unas miajas) de un cura de aldea.
—¡Toma, toma, toma!...—articuló el decano enfáticamente.—¡Ya decía yo! ¡Sobrinita de un sacerdote! Boccato di cardinale: son unas muchachas muy religiosas, divinamente criadas... y de un orden á toda prueba. ¡Toma, toma!
La señora intentó echar la conversación por otro lado; pero nada es comparable al antojo de un niño, sino el capricho de un viejo. Don Gaspar acariciaba su muleta dándole vueltas, y al fin, sin poder reprimirse, indicó:
—¿Sabe V., amiguita Aurora, que, si así puede decirse, no le he visto bien la cara á esa muchacha? La antesala está un poco obscura. Y tengo curiosidad de convencerme de si en efecto se parece á una señorita de Vivero, preciosa por más señas, á quien le llamábamos los muchachos la Magdalenita..., allá el año de 34 ó 35. Si V. la mandase traer un vaso de agua... ó cosa así... con disimulo.
El guiño malicioso que trocaban madre é hijo fué interceptado al vuelo por Laín Calvo, quien exclamó haciendo cómicos aspavientos y renunciando momentáneamente al ejercicio de la sordera:
—¡Caray, doña Aurorina del alma! No llame á esa ninfa, no, que será V. responsable de la pérdida del amigo señor Febrero. En la edad de Don Gaspar, las pasiones hacen estragos, Prudencia, Don Gasparín, mire que hay cielo. ¿Refregarles por los hocicos las niñas bonitas á los calaveras? Es un pecado, home.