Cuando entró Esclavitud llamada con un pretexto cualquiera, nadie podía contener la risa, lo cual azoró un tanto á la muchacha, que no sabiendo de qué se trataba allí, se puso muy sofocada y por consiguiente más linda, con aquel encanto especial suyo, que procedía de un aire casto y humilde, bajo el cual se traslucía una firmeza rayando en apasionada obstinación. El señor de Febrero se la comía con los ojos. ¡Viejecito más chiflado! Tan pronto como Esclavitud pudo escurrirse, Laín Calvo secreteó á la señora de Pardiñas:

—Ay, ay...: la niñina será un tesoro..., pero á mí...—y se tocaba la nuez—aquí se me pone y de aquí no me pasa. Estas que todas se arrebatan cuando las mira uno, me escaman muchísimo. ¡Doña Aurora, ojo..., cuidado!

—No sé de dónde saca V. eso, señor de Candás—protestó la señora con enojo, herida en su gran simpatía por la muchacha.

—Estas así, que parece que no rompen un plato, son de la misma rabadilla de Lucifer—alegó el maligno asturiano.—Venden modestia, y dan terquedad; venden inocencia, y dan más truchimanería que el que la inventó. No se fíe, amiguina. Estas son de aquellas que dicen: «¡Ay Jesús! No me pidas el brazo que me escandalizo. Pero si te lo tomas... ¿cómo ha de ser? tendremos paciencia.»

—Señor Candás, hay ciertas indicaciones que se pueden calificar de viperinas—protestó frenético Nuño Rasura, pegando con la muleta en el suelo.—Cuando está en juego la honra del sexo hermoso, toda cautela es poca, y conviene ver por dónde se anda y lo que se dice y á quién se toma en boca, señores.

—Ya, ya—replicó el Fiscal, agarrándose á la sordera.—Ya entiendo que á V. también le dan en qué pensar estos tipos así. No en balde hemos vivido añitos, y se nos ha caído la segunda dentición y los pelos de la cabeza. Doña Aurora: diga, y ¿por qué vino á dar aquí esta princesa errante? ¿Algún Eneas de allá que la plantó? Huéleme á historia.

—No señor—declaró la señora de Pardiñas.—No se eche V. á pensar mal, que no acertará. Por muerte de... de su tío, tuvo que ponerse á servir...

—¿Desde cuándo?

—Pues hará medio año... poco más ó menos.

—¿Y ya ha corrido dos casas? ¡Malorum... malorum!