—¡Qué malorum! Nada de eso. La yerra V., Don Nicanor. Le entró á la infeliz una especie de nostalgia, de esa que suele atacarnos á los gallegos cuando salimos por primera vez de nuestra tierra..., y, al menos, quiso servir con gente de allá. Como Vds. los asturianos son unos descastados, no comprenden esto. Pregúntele V. á las de Romera si tienen queja de la muchacha; que de allí se vino para esta casa muy de Vds.
—¡Uy, uy! ¿eh? ¡Con que nostalgia! Romanticismos y dengues, ¡carapuche! Ahora sí que digo yo que á esta princesina la tendrá V. que llevar tila para los nervios todas las mañanas. No se le ocurre ni al diaño. En estando bien comida y bien tratada, no sé qué caray le importaba la nacionalidad de los amos con quien servía, home.
—Está V. equivocado—contestó airadamente el señor de Febrero.—Esta enfermedad, que se conoce por morriña ó mal del país, es terrible en mis paisanos, señor de Candás, y alguno conocí á quien le llevó á la hoya. No se ría V., que esto lo saben allá hasta los gatos; y si V. no lo sabe, apréndalo. A veces, con evocar un recuerdo del país, se cura. ¿Ignora V. lo que ocurrió con el quinto, enfermo en el Hospital de la Habana? Pues estaba el pobre hombre á punto de liárselas, y ¿con qué dirá V. que sanó, pero en seguidita? Pues con tocarle la muiñeira en la gaita de su país. Así, así; con la muiñeira.
—Home..., no fastidie, por el Santísimo Cristo se lo imploro. Estaría ese quinto más borracho que un templo. Jumera pura. Ya le curaría yo con solfa de varas de avellano.
—Mi Don Nicanor, con V. no se puede. Niega V. lo que los demás hemos visto... Más vale hacerse como V., el sordo. Doña Aurora, si la paisanita esa no le conviene á V..., yo, por una servidora así...
—¡Aquí de Dios! Que este home quiere robar á la bella Elena que V. ha descubierto. Atentado contra la moral pública. Diga que no, doña Aurora; mire que es cosa grave.
—Ya se ve que diré que no. Por la cuenta que me tiene. Estoy muy bien servida con Esclavitud para deshacerme de ella.
Rogelio había oído en silencio la discusión de Nuño Rasura y Laín Calvo. El se inclinaba hacia las indulgentes apreciaciones de su madre y del ex-presidente de sala: con todo, á veces le entraban impulsos de creer que el maldito asturiano calaba más y conocía mejor la vida. Por una ilusión frecuente en los que carecen de experiencia, la malignidad y el pesimismo le parecían la última palabra del saber humano. Aquella disposición suya á pensar bien, debía, en su concepto, originarse de lo poco que había vivido. «A mí cualquiera me mete el dedo en la boca»—deducía.—«Soy un chiquillo, y no me da la gana de seguir siéndolo.»
XI
CRUZABA Esclavitud el pasillo, y oyó la voz de su señorito llamándola.