—¡Esclavita!

—Voy.

—Acude pronto... Tu intervención habrá de resolver un pavoroso conflicto.

La muchacha entró, y vió al estudiante de pié, en mangas de camisa, con el chaleco en una mano, y la otra muy apretada, lo mismo que si encerrase en ella algún tesoro.

—Ahora mismo, con la velocidad del rayo, acaba de saltarse de mi cuello este botón de precioso nácar... ¿Puedes adherirlo otra vez á su base sin atravesar mi garganta con el frío acero?

Sonrió Esclavitud, y registrándose el bolsillo, sacó alfiletero, carrete, dedal: este último era perforado por arriba y abajo, como los de las aldeanas. Se lo calzó rápidamente, y con igual presteza enhebró la aguja, dió el nudo, y cogió entre el pulgar y el índice la rodajilla de nácar. Arrancó el hilo que colgaba señalando el lugar del desperfecto; aplicó el botón, é introdujo la aguja... Aquí dieron principio las dificultades de la empresa. No era posible sacar la aguja airosamente, sin pincharle al señorito la barba, todavía rasa y monda cual la de una mujer. El fingía ayudar, y torcía la geta con mil festivos remangos y mucho de «¡ay! ¡socorro..., que me parten la carótida..., que me atraviesan la yugular..., que me practican la arriesgada operación de la traqueotomía sin tener garrotillo!» y la muchacha, risueña, pero sin perder el aplomo, sólo decía:—«Aparte un poco..., cuidadito ahora..., vuélvase..., pronto acabo...» Por fin, con ademán triunfante, dió alrededor del botón un sinnúmero de vueltas con el hilo, formando el pié; remató...

—¡Hurra! Victoria. Abróchamelo.

Los deditos menudos, picados de la aguja, recorrieron la garganta del estudiante, el cual despidió nuevos chillidos.

—¡Ay, ay, ay... Que me pelliiizcan!

Pero apenas estuvo abrochado el botón, murmuró como el que ruega para obtener una cosa muy importante y ardua: