—Esclava... Dígnate ceñir á mi cuello este dogal.
La muchacha tomó la chalina de seda, y al rodearla al cuello del señorito, se tropezaron las miradas de los dos. Mientras duraban las otras operaciones no había sucedido semejante cosa, porque Rogelio volvía la cabeza todo cuanto se lo permitían los accesos de risa que le entraban: ahora sí tenía que suceder, pues Esclavitud levantaba el rostro, y Rogelio, más alto, veía por fuerza, tan cerca que le mareaban, las dos pupilas verdes sembradas de puntitos de oro, y la raya del pelo, derecha, angosta y limpia, como surco que parte un campo de madura mies, y la cóncava frente, tersa y suave, y las venitas azules de las sienes y párpados. El aliento puro de la muchacha subía hasta la boca del estudiante, causándole un principio de embriaguez, como si hubiesen destapado una botella de oxígeno.
Fué asunto de un instante, pero instante en que por la intensidad de la sensación, Rogelio creyó vivir un año. La infancia, con su ligereza de mariposa, sus vagos horizontes de plata y azul, se quedó atrás; y la golosa juventud, la de insaciables labios, surgió tendiéndolos con afán á la copa eterna. La sangre de Rogelio, hasta entonces lenta, enfriada por la clorosis, saltó en las venas con impetuoso hervor, y refluyendo al corazón de golpe, volvió á derramarse encendida por el organismo. Un velo rojo, el que nubla las pupilas del criminal en el momento decisivo, cubrió también los ojos del estudiante, mientras le asaltaba la tentación brutal y furiosa de cerrar los brazos, comerse á besos la linda cabeza y deshacer á achuchones el cuerpo... La misma violencia del deseo paralizó su acción, y como Esclavitud había terminado el arreglo de la corbata, cuando Rogelio iba á ceder á la sugestión culpable, la muchacha se desviaba ya, colocándose á distancia conveniente para juzgar del efecto del lazo.
Fué como si se interrumpiese la comunicación del alambre con la pila. Rogelio volvió en sí, tan sobrecogido de terror considerando lo que había estado á punto de hacer, que sintió enfriársele las manos. «¡Qué atrocidad, Dios mío!... ¡qué disgustazo para mi madre!»
La noción moral, que á otros se les inculca como necesidad racional y deber ineludible, ó como religioso precepto, habíala recibido Rogelio por el conducto del sentimiento, en su educación faldera y mimosa de hijo único. Todas las ideas de decoro, de bondad, de rectitud, le llegaban por ese camino indirecto, pero dulce. «¡Ay, qué pena tendría yo, rapaz, si tú hicieses tal ó cual cosa! ¡Jesús, qué bochorno para mí si cayeses en esta ó en aquella falta!» Así es que, sin darse cuenta de ello, lo primero que Rogelio veía en sus actos era el efecto que podían producir en el corazón de su madre; y ésta fué también su primer idea, al disiparse el vértigo que le obscureciera la razón mientras tuvo tan cerca á la muchacha. Cuando Esclavitud hubo salido del aposento, el mismo recelo fué base de una honradísima resolución, la de evitar nuevas ocasiones y peligros más inminentes todavía. Tales propósitos son difíciles de sostener cuando se tiene el peligro en casa. A cada momento Rogelio sentía renacer su antojo primerizo, y como bocanadas de aire caliente, subírsele al cerebro los mismos vapores. En la mesa; al encontrar á Esclavitud en el pasillo; cuando le traía á su cuarto luz, recados ó ropa, no podía menos de devorarla con los ojos, detallando la perfección de su talle gentil, el misterio de su cerrado y honesto corpiño, la gracia de su ligero andar. Cuanto mayor y más vivo era su anhelo, más atado se sentía en presencia de la muchacha. Delante de ella le parecía imposible resolverse nunca á decirle nada que tuviese color de requiebro formal; y en cambio, de noche, á solas, desvelado, dando vueltas en la estrecha camita, juzgaba fáciles todas las empresas y razonables todos los despropósitos, y hasta—¡extraña forma del capricho apasionado!—creía tener una obligación, una especie de deber estricto de realizar lo que por el día consideraba un atentado y un acto de locura. «Después sí,—pensaba,—que nadie podrá llamarme chiquillo; y yo mismo me convenceré plenamente de que no lo soy.» Esta disparatada idea se desvanecía por la mañana, al traerle su madre el chocolate según vieja y afectuosa costumbre. Al ver entrar á doña Aurora con su bata de tartán y la bandeja en las manos; al saborear el primer bizcocho, el chico mimado sentía todo el influjo de la ley moral imponiéndose con fuerza apodíctica, y los principios desconocidos ó negados minutos antes, se le presentaban claros, demostrativos, evidentes. «Darle una pesadumbre á mamá, allá por fuera de casa, ya sería terrible, ya se me ponen los pelos de punta con solo imaginarlo... Pero, en fin, siempre resultaría más disculpable y más llevadero. Aquí mismo..., vaya..., es cosa inaudita. Aunque ella no lo pescase, á mí se me figuraría que me lo estaba leyendo en los ojos y hasta en el modo de respirar. Y lo pescaría, lo pescaría; ¿pues quién lo duda? Es muy pilla mamá, así con esas tracitas de bonachona. El dedo en la boca no se lo mete nadie. Me conoce tan bien, que aún no he acabado yo de decir las cosas y ya las ha guipado ella. Como que no le importa ni se ocupa de nada sino de mí. Dios quiera que no tenga escama ya...»
Así, aquel culpable de pensamiento estudiaba con atención el rostro de doña Aurora, temeroso de que alguna de sus miradas á Esclavitud le delatase. A veces se comprometía por dar en el extremo opuesto, afectando no mirar á la muchacha, evitando hasta el roce de su manga cuando le servía á la mesa. Verdad que este mero roce le sacaba de quicio, llegando á causarle una impresión dolorosa por lo intensa. Era el suyo deseo exaltado de la primera edad, que no sabe aún ni reprimirse ni abrirse camino hasta su objeto. Después de dos ó tres días de huir de la Esclavitud, ideaba un pretexto para ir á sorprenderla en el cuchitril donde planchaba y tenía las cestas del repaso; y una vez allí, no se le ocurría más que sentarse en una silleta, y engañar su violento capricho contemplando á la chica que, encendida y sudorosa, encorvado el brazo derecho en arco rígido, hincaba con esfuerzo la plancha en las pecheras ó los puños de las camisas. Cuando el ímpetu de abrazarla le acudía muy fuerte, Rogelio se levantaba y refugiábase en su despachito. Allí estaban, sobre el barnizado escritorio, los antipáticos libros de texto, impresos en papel de estraza, con tipos gastados y turbios, y despidiendo de sus mustias hojas y de su parda cubierta toda la secura de la aridez, todo el humo del hastío. Nunca le habían caído en gracia á Rogelio los tales librotes; pero ahora... Apenas intentaba abrirlos para repasar una conferencia, una niebla de aburrimiento pertinaz se le subía á la cabeza, y una especie de disolución moral se verificaba en su espíritu, en el cual cierta voz rebelde murmuraba vagamente herejías así: «Anda, hijo, déjate de pamplinas, reniega de esa ciencia oficial, manida, huera, sin jugo. La realidad y la vida son otra cosa. Eso con que pretenden alimentarte es un conjunto de vejeces, la cáscara de un limón exprimido ya por la mano diez y nueve veces secular de la Historia. Ha caducado cuanto estudias. Te quieren llenar el cerebro de restos momificados, de trapos polvorientos y de antiguas telarañas. Te quieren meter en la cabeza la vieja balumba jurídica, y que de un salto te encuentres en la edad de tus tertulianos, Laín Calvo, Nuño Rasura y el honrado Fantoche. Quieren que seas de palo como él. No, eres de carne y hueso; eres hombre; la vida te llama, y la vida á tu edad, á falta de un estudio que desarrolle la armonía de tus facultades, es... Esclavitud».
A estas indeterminadas reflexiones aquí traducidas en lenguaje claro y vulgar, el estudiante asentía bostezando, levantándose nerviosamente de la silla, cogiendo del estantito una novela ó el último número del Madrid Cómico, tumbándose sobre la cama, y tratando de distraer con una lectura hambrienta sus febriles ansias.
No tenía el recurso del cigarro, porque pertenecía á esta generación reciente que no fuma, y que llegará, si Dios no lo remedia, á desmayarse con el olor del habano, ni más ni menos que las damas británicas. Faltábale ese gran engañador de la impaciencia, ese gran consejero en las horas malas, ese poderoso sedante, esa distracción la más espiritual de cuantas puede ofrecer la materia. Un día pensó en ella mucho. «¿Qué me sucedería si fumase? Por de pronto, marearme. Quién sabe si echar los bofes... de fijo que sí. Luego, mamá conocería por el olor... No, peor es el remedio que la enfermedad.»
Esta idea del cigarro, que le halagaba porque tenía algo de calaverada varonil, trajo como de la mano otro expediente más fecundo en resultados y hasta de realización gratísima y fácil. ¡No habérsele ocurrido antes, cuando era tan sencillo, tan sencillo, y hasta tan natural y justo, y sobre todo tan útil para alivio del malestar presente! «Pues si lo raro es que yo no tenga ya una novia, señor. La tiene cada quisque: Benito Díaz, una preciosa; Cardona otra por quien bebe los vientos... Siempre me están diciendo que á qué aguardo para echarme la mía correspondiente. Pues les sobra razón. Así se me quitarán estas chifladuras y estos alborotos. Tomaremos novia, sí señor que la tomaremos. El tener novia no es cosa mala, ni aunque mamá lo averigüe se va por eso á disgustar. Un clavo saca otro clavo. Será la gran distracción...»
Creada ya la plaza, faltaba saber en quién recaería la provisión del empleo. Rogelio pasó revista con la memoria á todas las señoritas conocidas suyas. Unas eran feas, otras tenían ya su arreglito; ésta frisaba en los treinta; aquélla no salía de casa jamás; unas se burlarían de él; otras le pedirían cosas muy difíciles en prueba de cariño... Recordó que por una callejuela que desembocaba en la Ancha de San Bernardo, vivían frente á su casa tres ó cuatro chicas, descendencia de un empleado en el Ministerio de Ultramar. No eran malejas, en especial la menor, una rubita pálida que, cara, pelo y ojos, todo lo tenía de un color mismo, lo cual la favorecía, dándole cierto parecido con la infanta Eulalia. Rogelio la miraba á veces, recibiendo pago puntual de todas sus ojeadas sin que le quedasen debiendo ni una sola. «La rubita me conviene....», pensó el estudiante. «Ni necesito moverme del comedor...» En efecto: el mismo día que lo discurrió, á la hora del almuerzo, apostóse detrás de los cristales, con las vidrieras á cuchillo, y miró hacia los balcones del tercer piso de enfrente. Allí estaba la rubia, vistiendo una mañanita de percal de lunares, toda sucia y ajada; sobre la barandilla del balcón flotaban varias prendas de ropa íntima, en más que mediano uso, puestas á secar, y encima de una cómoda se veían frascos cubiertos de polvo, la jaula vacía de un jilguero, trapos, una bota inservible.—Al fijarse en aquel interior nada holandés, el plan de tomar novia que viviese allí se le frustró á Rogelio. Permaneció apabullado diez minutos. «Buscaremos por otra parte. Lo que es sin novia no me quedo yo; sólo faltaba...»