La primer visita fué á casa de Don Gaspar Febrero, porque la hija del respetable decano, casada con un comandante de Estado Mayor, se marcharía pronto á Filipinas, en compañía de su marido, destinado á Manila. Se habló de la navegación, del clima, de los baguíos, de la carestía de la vida allá, y del señor mayor que se quedaba solo aquí. Por fortuna, nunca había estado más tieso, más animoso, ni más rufo: aun ahora mismo acababa de salir á pié, agarradito á su muleta, ávido de tomar sol. Con estas buenas nuevas se despidieron de la morada de Nuño Rasura y pasaron á hacer otras visitas casi todas análogas, algunas de tarjetazo, las más agradables para Rogelio, que al acercarse á cada portal repetía entre dientes la consabida jaculatoria:
—Animas benditas, ¡que no estén en casa las visitas!
Pero ¡ay! Pegó el gran respingo al anunciarle su madre que ahora irían «un minuto» á casa de las señoritas de Romera, Pascuala y Mercedes.
—Madre mía, si es posible, pase de mí ese cáliz. Pero, ¡carapuche! como dice el sordo de conveniencia, ¿no ves que necesitaré pellizcarme así, para no dormirme?
—¿Tan curro como estás y no quieres lucirte con las buenas mozas? Anda, anda, da la orden: calle del Barquillo...
Reservaba la casa de las solteronas una sorpresa al estudiante, en figura de la despabilada chiquilla que salió á recibir á los visitadores, y les convidó á pasar á la sala, anunciando que las tías «vendrían inmediatamente». Para decirlo hizo mil monerías con la cara y los ojos, que los tenía negros, chiquitos, vivarachos, muy parleros. Vestía la sobrinita de las de Romera un traje bastante rabicorto, indicio de que aún no había ascendido á la dignidad de la mantilla, y un mandil de peto, bordado de colorines alrededor: un lazo de cinta azul ataba la coleta de su trenza corta; y sus zapatitos usados, desflorados por la punta, indicaban la viveza de movimientos del pié menudo y arqueado que prendían. A poco rato salió Pascuala, la mayor de las solteronas, toda mocosa y acatarrada, declarando que su hermana no podía moverse del gabinete, por estar pasando un resfriado mayor aún, que requería evitar cambios de temperatura. «Mire V.: poner á mi hermana entre puertas, es como darle una puñalá». Luego presentó á su sobrina igual que hubiese presentado á un perrillo revoltoso, que alterase la soñolienta quietud de aquella morada. «Aquí tiene V. á mi ahijada Inocencia, la niña segunda de mi hermano Sebastián, el que vive en Loja... Nos la ha dejado el pobre aquí porque necesita arreglarse la boca; le ha nacío un diente montado sobre otro, y habrá que arrancárselo... Es muy ardilla; no puede estarse fija en un sitio; no hay calzado que le baste; por eso la ven Vds. tan mal de botitas...» Hechas estas aclaraciones, vino á cuento hablar de Esclavitud, y en atención á que no se podía tratar el asunto delante de «una criatura» y á que Mercedes deseaba disfrutar de la presencia de doña Aurora, las dos damas pasaron al gabinete, dejando solos á Rogelio é Inocencia. «Enséñale los álbumes y las vistas de Granada, niña», fué la orden que recibió la chiquilla al salir su tía de la sala.
Inocencia obedeció,—no sin hacer varias morisquetas á pretexto de llegarse á la mesa,—exclamando atropelladamente y con mucho ceceo:
—Venga V., venga V. á ver las estampas que dice tía Pascua. ¡Son más preciosas!
Aunque lo de ponerse á mirar estampitas le sabía mal al «caballero» de levita y chistera, por vergüenza de protestar se resignó, y ocupó una silla al lado de la chicuela, que, al abrir el álbum, le lanzó una ojeada inequívoca, incendiaria, con todo el descaro de los catorce años mal cumplidos. Ya al quedarse solo con la niña, le había ocurrido al estudiante que no pudiera deparársele ocasión más rodada y cómoda de echarse novia que la presente. Mortificábale un poco en su amor propio el que fuese tan chiquilla, porque una señorita de diez y ocho á veinte honraba más, y aquello olía á noviazgo de juego; pero al verla de cerca, con todos los indicios de la precocidad meridional, con su cuerpecito ya enteramente formado y su labio superior grueso y un poco remangado por el diente defectuoso, parecióle una mujer en miniatura, y dijo para sí:
—Me declaro.