Declaróse en efecto, sin más preámbulos ni ceremonias, con frases muy retumbantes aprendidas en zarzuelas y comedias, en periódicos y bromas de estudiantes. La chiquilla, sin mostrar la menor sorpresa, fingía seriedad, enrollando un pico del lazo de su trenza, traída adelante con afectación de lucir el pelo, haciendo á la vez mil mohines y dengues de coqueta de oficio. Como el estudiante alzase un poco la voz, la niña murmuró:
—¡Chisss... Que están ahí, en el gabinete!
Rogelio bajó el diapasón y apretó la súplica, aunque empezaban á cosquillearle unos fuertes impulsos de reir á carcajadas: y después de tres ó cuatro gestos negativos, la niña, sin más ni más, de golpe, dijo que sí.
—¿Me da V. una prueba de amor?—imploró Rogelio: y sin aguardar respuesta, se inclinó y la besó en el carrillo, figurándose que besaba el de una pintada muñeca, terso, rosado, insensible. Ninguna emoción, ni de placer ni de bochorno, reveló Inocencia al recibir el beso: antes cogiendo al estudiante por la solapa, indicó con mucha fe:
—Me parece que debemos tutearnos. Los novios de mis amigas se tutean con ellas.
—Bien, pues te tutearé... Ya te estoy tuteando.
Ella recalcó con el mismo empeño y apresuramiento:
—También debemos escribirnos todos los días: todos, sin faltar uno. El novio de mi hermana Lucía le escribe unas cartas así..., una por la mañana, otra por la tarde, que aún es más.
—Corriente. Nos escribiremos. Me entenderé con la criada para que traiga y lleve la correspondencia.
—Y me darás un retrato tuyo. ¿No tienes fotografías? A mí no han querido papás dejármela sacar, hasta que me arranquen el diente; pero puedo darte pelo para un medallón. ¿Me lo corto ya?—añadió jugueteando con las puntitas rizadas de la coleta.