—No... Cuando yo te dé el retrato.

La chiquilla se levantó rápidamente, y andando de puntillas, fué á la puerta del gabinete donde charlaban las señoras mayores. Regresó, con las mismas precauciones, gozosa.

—Creí que venía madrina. Pero no. Están de mucho palique.

Dicho esto volvió á ocupar su sitio al lado del estudiante, y transcurrieron dos ó tres minutos sin que se dijesen palabra. La chiquilla esperaba, sorprendida de que no se le ocurriese nada á su novio; y al muchacho, por más que discurría, no se le venía ni esto á la boca. Sólo continuaba teniendo ganas de reir, unas ganas disparatadas, y para no estallar se cubría los labios y la nariz con el rico pañuelo de bordada inicial. La novia reparó en el pañuelo, y observó vivamente:

—¿Qué letra es esa?

—Erre. Me llamo Rogelio.

—Ya te lo iba yo á preguntar. Siendo mi novio necesito saber cómo te llamas. ¿Qué pongo en los sobres de las cartas? Señor Don Rogelio...

—Pardiñas.

—Pardiñas, Pardiñas, Pardiñas...—Repitiólo muchas veces la muchacha, como si temiese olvidarlo; y después, encarándose con el estudiante, le interrogó con tono solemne:

—¿Nos hemos de casar?