Aquí ya Rogelio no pudo aguantar el acceso de risa nerviosa, y la dejó salir por la boca, por los ojos, por el cuerpo mismo, cogiéndose la cintura, que le dolía con la fuerza de las carcajadas. Y sollozaba, echado atrás en el sillón:
—¡Ay... ay... me muero, me muerooó!
—¿De qué te ríes?—preguntó algo picada la niña.—Pareces tonto. Dime si nos hemos de casar, ea.
—Por supuesto que sí. Es que soy muy tentado de la risa. Déjame reir, que si no me pongo malo.
Así que hubo desahogado, Inocencia le cuchicheó al oido:
—¿Pasarás mañana á las nueve de la mañana por esta calle? Yo estaré al balcón. A esas horas me asomo siempre á ver pasar la batería montada. Es muy bonita. ¿Tú qué carrera sigues?...
—Abogado.
—¡Lástima! No tienes uniforme.
XIII
A Rogelio, cuando iban terminando de bajar la escalera, le duraba aún la impresión burlesca del noviazgo, por lo cual no se cuidó de ofrecer el brazo, según acostumbraba, á doña Aurora. Un grito y un estruendo inesperados le helaron la sangre en las venas, al ver á la señora resbalar y precipitarse desde el último tramo yendo á caer sobre las baldosas del portal. Los grandes sentimientos tienen revelaciones supremas en las ocasiones supremas también; Rogelio ignoraba que hubiese cuerdas en su laringe y acentos en su voz para decir de un modo tan desgarrador y patético: