—¡¡Madre del alma!!

Saltó á brincos lo que su madre había rodado, y en un abrir y cerrar de ojos la puso de pié, la reclinó en sus brazos y la apretó contra el corazón, palpándola con delirio, para cerciorarse de que no estaba muerta ni tenía ningún miembro fracturado. De repente lanzó una exclamación de horrible susto.

—¡Sangre, mamá!... Hay sangre... ¿Por dónde sangras? Aquí... ¡Jesús, sangre!

En efecto, la cabeza había dado contra el filo de un peldaño, y asomaban unas gotas de sangre por la descalabradura. Aturdida como estaba la señora por la fuerza del porrazo, la angustiosa voz de su hijo la reanimó, y pudo decir con desmayado acento:

—No te asustes, rapaz. No fué nada... puedes creerme que no fué nada. Ya estoy así..., mejor.

—En esta portería no hay nadie... Voy á subir, á pedir vinagre, agua...

—No, hijo, no, por la Virgen... No llames, no alborotes. Llévame al coche poquito á poco. Para males y cosas así, cada uno en su casa.

Temblando y trasudando frío, Rogelio condujo á su madre, casi en vilo, al coche, y á pulso la subió, recostándola en la esquina, mientras le hacía aire con el pañuelo, pensando con terror: «¿Habrá habido conmoción cerebral?»

—A casa, despacito—ordenó al cochero que se inclinaba lleno de curiosidad para ver qué sucedía. Y sin poder reprimirse, Rogelio abrazó á la señora, formulando la pregunta de todas las caídas:

—¿Pero mamá, cómo hiciste?