—No sé, hombriño... el pié se me escapó; sería culpa de los tacones de las botinas nuevas... ó me prendería en el volante del traje.

—Culpa mía, que no te di el brazo. Soy un bruto. ¿Dónde te duele? ¿Qué tienes ahora, mamá?

—No sé... Parece que me entra un síncope—respondió con voz débil la señora.

De síncope eran las trazas, según el color mortal y el enfriamiento repentino. Rogelio estuvo á punto de gritar al cochero: «A una botica»; pero en esta incertidumbre y congoja, la señora volvió un poco en sí, hizo señas de encontrarse mejor, y el coche se fué acercando á la puerta de la casa. Al bajar Rogelio á su madre, ayudado del lacayo, la señora lanzó una queja.

—¿Qué te duele?

—Esta pierna... No, si no vale nada, no te apures.

Enterada al vuelo de lo ocurrido, Esclavitud, sin inútiles aspavientos, con actividad y destreza, se dió prisa en aflojar á la señora, aplicarle vinagre á las sienes, desnudarla después y acostarla en su cama bien mullida. Doña Aurora se quejaba de arcadas, de angustia, de opresión, de náuseas continuas, y deseaba arrojar; por lo cual el estudiante pensó aterrado: «¡Adiós! conmoción cerebral tenemos». Llamó aparte á Esclavitud y la dijo atropelladamente: «Ten cuidado. Yo voy por Sánchez del Abrojo, y no me vengo sin él».

Le trajo, en efecto, al cabo de dos horas; y el insigne médico, después de examinar detenidamente á la enferma y verificar un minucioso y hábil interrogatorio, tuvo que convenir en que había habido un poquito, nada más que un poquito, de conmoción cerebral... Unica terapéutica: quietud en la cama, silencio, dieta mientras no se aplacase el estómago. Las demás lesiones eran de escasa monta: la descalabradura de la frente no había pasado de la epidermis: la contusión en la pierna izquierda se reduciría á un cardenal más ó menos respetable. En suma, todo no valía nada. Quietud, y se acabó.

Para cumplir el programa del facultativo, realizóse en casa de Pardiñas esa mutación de costumbres y ese cambio de aspecto que introduce siempre la enfermedad. La vida se reconcentró en el estrecho espacio de la alcoba y gabinete de la enferma. Rogelio y Esclavitud se declararon allí en sesión permanente, él recibiendo visitas de amigos, ella mudando paños de árnica, trayendo tazas de tila, quemando espliego y haciéndose cargo de órdenes dadas en voz baja y llaves confiadas con misterio sumo. «Que no le falte nada al niño... Su sopicaldo, su jerez... Cuidado con calentarle la cama...» A estas advertencias, que Esclavitud oía religiosamente, seguían gemidos ahogados. «Ay, la maldita pierna, como me escuece... Se me parte la cabeza de dolor».

Ejercía Esclavitud sus funciones de enfermera con aquella asiduidad reconcentrada y muda que solía demostrar en todos los actos de la vida de relación. Salía y entraba sin que se percibiese el menor ruido de pisadas, ni crujido ó roce de ropa. Estaba en todo, y si faltaba de la alcoba, era á fin de manipular algún potingue en la cocina. Hasta se las arregló para tener tiempo de servir la comida á Rogelio sin desatender á la señora; pero de ella misma, no se averiguó jamás á qué hora había tomado algún sustento en aquel día memorable.