Adelantada ya la noche, y recogida la casa, preparó cuidadosamente una lamparilla y la colocó en el suelo, de modo que su luz no ofendiese la vista de la enferma: después tomó una silla baja, que colocó cerca de la cabecera y en la cual se instaló. Como Rogelio permaneciese en la butaca del gabinete, acercóse á él y le suplicó en voz muy queda: «Acuéstese, señorito; no esté así». La enferma, que había empezado á aletargarse un poco, entreoyó la súplica, y la esforzó más. «Rapaz, á ver si te acuestas... No estás acostumbrado á velar, te va á hacer mucho daño... No seas loco, acuéstate... Me cuida divinamente Esclavitud». Mas no hubo forma de convencer á Rogelio, y el pleito se transigió resolviendo que se le pondría en el suelo una cama volante. La galleguita acarreó con extraño vigor dos colchones; batió silenciosamente las almohadas, y con igual silencio hizo la cama en toda regla. Rogelio no se desnudó más que de la americana y el chaleco; así, á medio vestir, se deslizó entre las sábanas, notando entonces el quebrantamiento corporal que sigue á los grandes sobresaltos y á las emociones profundas. Al mismo tiempo un recuerdo bufo cruzó por su memoria:

—¡Calle! ¿Y mi novia? ¿Se asomará mañana para verme?

XIV

AUNQUE rendido por las fuertes impresiones de la jornada, y casi tranquilo porque veía á su madre en estado bastante satisfactorio, Rogelio tardó mucho en conciliar un sueñecillo, y dió no pocas vueltas antes de quedarse traspuesto. Ni consiguió adormecimiento profundo y reparador, sino un dormir agitado, lleno de pesadillas, soñando siempre que se caía; caídas rápidas, infinitas, interminables, con la angustia de no llegar jamás al suelo, y de ver desde arriba el punto crítico en que iba á estrellarse. En uno de esos esfuerzos dolorosos é involuntarios que se hacen durante el sueño mismo ó para terminar la pesadilla ó para cambiarla, despertó atónito, y no recordando al pronto cómo podía ser que se encontrase allí, á aquellas horas, acostado en la alcoba de su madre, miró á su alrededor.

Silencio absoluto. El cuarto estaba medio á obscuras, alumbrado por la lamparilla; la señora debía de dormir, porque se la oía respirar fuerte, roncar casi; y á su cabecera, el estudiante divisó á Esclavitud sentada, inmóvil, con los ojos abiertos y clavados en él, grandes y fijos. Un impulso irresistible le movió á llamarla, con voz de niño que, á causa de algún miedo nocturno, implora compañía.

—¡Esclavita! ¡Ps! ¡Esclavita!—cuchicheó.—Aquí.

Se acercó la muchacha, deslizándose como una sombra, y se inclinó hacia Rogelio.

—¿Duerme mamá?

—Y bien que duerme.

—Pues yo ahora estoy despabilado. Dame conversación..., así, bajito, para que no la despertemos.