—¡Ay, señorito! ¿Y si vamos á molestarla?
—Que no. Habla bien despacito... y de cerca.
—¿No le era mejor dormir?
—¡Quiá! ¡Si supieras qué cosas tan tristes soñaba! No, más quiero velar ahora. Ponte aquí.
—¿Dónde?
—Sentada aquí, en el suelo. Si no no podemos hablar bajo... y despertaremos á mamá.
Esclavitud aceptó la proposición incontinenti, y se tendió casi boca á boca con Rogelio, pero sin perder su aire púdico y reservado, manifestando bien en esto haber nacido en el país donde se ejecutan las acciones libres con más aire de decencia, y donde las mozas unen á la naturalidad bucólica el exterior honesto. El aliento virginal y fresco de la muchacha se mezcló por segunda vez con el del estudiante; pero le produjo una impresión muy diferente de la primera. Sea que el sustazo de la caída de su madre hubiese transformado todas sus sensaciones juveniles en sentimiento, sea que el lugar en que se encontraba no permitiese malas tentaciones, ello es que al tener tan próxima á Esclavitud y tan fácil cualquier desmán, ni se le pasó por las mientes intentarlo, y sólo notó una especie de efusión rara y cariñosa, un movimiento de ternura inexplicable, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Alargando la mano y apretando con violencia la de la chica, murmuró:
—Esclava, ¡por poco se muere hoy mamá!
—¡Gracias á Dios que no fué nada, señorito!—contestó la muchacha correspondiendo á la presión.
—¿Y si muriese, qué hacía yo, di?