No respondió Esclavitud, y obró sabiamente, porque el problema planteado era de los que no se resuelven con palabras. Estrechó aún más la mano nerviosa y febril, y sus ojos contestaron, en la penumbra, con larga mirada elocuentísima.
—Si muriese—prosiguió Rogelio dejándose arrastrar por aquel movimiento de sensibilidad involuntaria—ahí tienes; no me quedaba nadie en el mundo más que tú, nadie.
—¡Yo!...—balbució la muchacha, cuya diestra se estremeció en la del estudiante.
—Pues tú, y nada más que tú. Familia no la tengo; digo, allá en Galicia unas tías, con quienes estamos como el perro y el gato. Ya ves qué arrimo, chica. ¡Pues amigos...! ¡bah! dos ó tres... ahí en la Universidad... Amigotes que de poco sirven. Luego los viejos de la tertulia de mamá. Gran cosa. Todos van chocheando. Nada, Suriña..., tú y sólo tú.
Hablaba así Rogelio medio incorporado, para mejor dejarse oir de la muchacha; y la necesidad de bajar mucho la voz, hacía parecer más persuasivo su acento, dándole el tono apasionado y reprimido de una confesión. Persuadido él, persuadía al auditorio. No se encontraba en estado de medir la trascendencia y el efecto de sus palabras, ni menos sospechaba que la sensibilidad y la bondad pueden ser en determinadas ocasiones más funestas que la cólera y el odio. En su emoción había mucho de nervioso, y las frases salían de sus labios provocadas por una reacción del susto de la mañana, como sale el gemido al golpe del dolor, que ni sabemos medirlo, ni de qué manera lo hemos articulado. Lo mucho que tenía aún de niño rebosaba en aquel desahogo cariñoso, y ni él aspiraba á más, ni más podía prever, dado que en momentos tales quepa ejercitar previsión.
—Tú, Suriña—repetía entregándose á las manos que con vigor casi convulsivo oprimían la suya.—¿Verdad que tú me quieres, y que me quieres mucho?
Incapaz de responder con la boca, la muchacha afirmó enérgicamente con la cabeza.
—Ya lo sé. Si eso lo había adivinado yo; por eso te decía que no me quedaba nadie más que tú, y que á ti me arrimaba, ¿sabes? Aunque me dijeses que no, no te lo creería. Me quieres... y á mamá también.
—Pues es verdad—pronunció al cabo la chica recobrando el habla y apartándose un poco del estudiante.—Yo no sé qué me ha pasado á mí en esta casa, que le cogí así á modo de un cariño... un cariño muy grandísimo desde que entré por la puerta. Vamos, se me figuraba que estaba en la tierra otra vez. Como son personas de allá... En fin..., estas cosas me parece á mí que cuanto más quiere uno explicarlas, peor las explica. Lo que sé es que si me quedo con aquellas otras señoras, doy cabo de mí muy pronto.
—¿Y por qué estabas tan triste aquí los primeros días, Esclava?