—¿Que no? Pues hay que verla; se distraerá V. muchísimo; ya sabe lo que opina la Duquesa, que esa fiesta merece el viaje. Yo no la conozco tampoco; verdá que soy forastero.

—Y... ¿y los borrachos, y los navajazos y todo aquello de que habló D. Gabriel? ¿Será exageración suya?

—¡Yo qué sé! ¡Qué más da!

—Me hace gracia... ¿Dice V. que no importa? ¿Y si luego paso un susto?

—¡Un susto yendo conmigo!

—¿Con V.?—y solté la risa.

—¡Conmigo, ya se sabe! No tiene V. por qué reirse, que soy mu buen compañero.

Me reí con más ganas, no sólo de la suposición de que Pacheco me acompañase, sino de su acento andaluz, que era cerrado y sandunguero, sin tocar en ordinario, como el de ciertos señoritos que parecen asistentes.

Pacheco me dejó acabar de reir, y sin perder su seriedad, con mucha calma, me explicó lo fácil y divertido que sería darse una vueltecita por la feria á primera hora, regresando á Madrid sobre las doce ó la una. ¡Si me hubiese tapado con cera los oídos entonces, cuántos males me evitaría! La proposición, de repente, empezó á tentarme, recordando el dicho de la Sahagún:—«Vaya V. al Santo, que aquello es muy original y muy famoso.»—Y realmente, ¿qué mal había en satisfacer mi curiosidad?, pensaba yo. Lo mismo se oía misa en la ermita del Santo que en las Pascualas; nada desagradable podía ocurrirme llevando conmigo á Pacheco; y si alguien me veía con él, tampoco sospecharía cosa mala de mí á tales horas y en sitio tan público. Ni era probable que anduviese por allí la sombra de una persona decente ¡en día de carreras y toros!, ¡á las diez de la mañana! La escapatoria no ofrecía riesgo... ¡y el tiempo convidaba tanto! En fin, que si Pacheco porfiaba algo más, lo que es yo...

Porfió sin impertinencia, y tácitamente, sonriendo, me declaré vencida. ¡Solemne ligereza! Aún no había articulado el , y ya discutíamos los medios de locomoción. Pacheco propuso, como más popular y típico, el tranvía; pero yo, á fin de que la cosa no tuviese el menor aspecto de informalidad, preferí mi coche. La cochera no estaba lejos: calle del Caballero de Gracia. Pacheco avisaría, mandaría que enganchasen é iría á recogerme á mi casa, por donde yo necesitaba pasar antes de la excursión. Tenía que tomar el abanico, dejar el devocionario, cambiar mantilla por sombrero... En casa le esperaría. Al punto que concertamos estos detalles, Pacheco me apretó la mano y se apartó corriendo de mí. A la distancia de diez pasos se paró y preguntó otra vez.