En esto doña Aurora suspiró hondo, y ambos se estremecieron, aunque su coloquio no pudiese en ningún modo graduarse de ilícito. La enfermera se puso de pié para enterarse de lo que ocurría. A los dos segundos estaba de vuelta.

—Duerme como una santa.

—Colócate bien otra vez. Quiero preguntarte una cosa. La mano. ¿Por qué te daba tan fuerte la manía de si me tendrías contento ó descontento?

—¡Ay! ¡No sé! Desde el primer día dije yo entre mí: si aquí no te quieren, Esclava, es que estás de sobra en el mundo. Ya viniste á él contra la voluntad de Nuestro Señor... Ya Dios te miró siempre con malos ojos... ¿No lo sabe, señorito?

—Sí que lo sé, Suriña... Pero eso es una atrocidad. ¿Cómo va á mirarte Dios con malos ojos?

La muchacha medio se incorporó de un salto, con los suyos muy abiertos, espantada de ver que ya sabían lo mismo que ella se disponía á confesar.

—No seas boba—murmuró generosamente Rogelio.—Tú qué culpa tienes, mujer. Eso me puede suceder á mí, á cualquiera. El nacimiento no lo escogemos. ¡Simple!

—¡Si viese cómo me trabaja eso allá dentro!...—articuló con vehemencia la muchacha, abriendo el corazón como si, próxima á desmayarse, desabrochase el corpiño para respirar.—Siempre estoy imaginando: «Esclava, á ti Dios no te puede querer bien. Nunca buena suerte has de tener, nunca. Ya desde que naciste estás en poder del enemigo, y buena gana tiene el enemigo de soltar lo que agarra. Por mucho que te empeñes en ser un ángel, estarás eternamente en pecado mortal. Ya lo tienes de obligación. Para ti no hay padre, ni madre, ni nada más que vergüenza cuando te pregunten por ellos. Y así, todo lo que hagas te tiene que salir del revés, y si te encariñas con una persona, peor, que Dios te ha de quitar aquel cariño.»

—Pues conmigo no te pasará nada de eso, Suriña blanca. Yo te quiero como si fueses hija del rey... Mamá también te quiere mucho; le entraste desde el primer día, ¿no sabes?

Esclavitud, al oir este aserto, levantó la cabeza, clavando la vista en el lecho de la señora. Su mirada y su sonrisa querían decir varias cosas importantes; pero Rogelio no estaba en disposición de prestarse á entenderlas. El estado de su ánimo no era á propósito para razonamientos, sino para dejarse mecer dulcemente por el afecto que necesitaba como sedación y medicina. Viendo que no le producía Esclavitud las malas tentaciones de otras veces, pensaba que su cariño se había depurado, y que aquel juego anómalo era lo más inocente del mundo. O para decir toda verdad: estaba en una crisis de sentimiento, y ni pesaba ni medía sus promesas y sus afirmaciones. Era para él uno de esos minutos de la vida en que se obedece á la naturaleza íntima, al egoismo secreto, y se cede al gusto de sentirse querido y de hacerse querer más aún: quien está triste busca el consuelo, y el hambriento la comida.