—Mamá te quiere mucho—repitió.—¿Parece que no lo crees? ¡Boba! Pues si ella misma fué quien me riñó porque te trataba así, un poco fríamente... al principio. Ella me dijo que estabas disgustada por eso.

Esclavitud bajó los ojos, sin duda para que delatasen sus pensamientos é intuiciones adivinatorias del porvenir.

—Mira—murmuró Rogelio—si vieses qué bien me encuentro así contigo. Hasta parece que me vuelven á entrar ganas de dormir, y ahora no habrá malos sueños ni boberías. Se me figura que dormiré lo mismo que un patriarca; pero hace falta que tú tengas la cachacita de estarte ahí al pié mío. Si te vas, me despavilo otra vez.

—No me muevo—respondió con firmeza la muchacha.—Así me quisiesen arrancar con tenazas, aquí me estoy.

—Bien, pues... me quedo dormidito. ¡Ay qué bueno!

Paladeando la primera y dulce cucharada de beleño que nos da el reposo cuando sigue á un gran sacudimiento moral ó físico, Rogelio preguntó todavía:

—¿Suriña?

—¿Qué?

—¿Me quieres mucho?

La respuesta la entreoyó nada más: por eso nunca estuvo bien seguro de que hubiese sido ésta, tan romántica é impropia de una aldeanita: