—V., don Gaspar... ¡Pues si V. nos enterrará á todos! ¡Digo: apenas si está fuerte el hombre! Igual que un muchacho.
Meneó la cabeza Don Gaspar, pero con aire tan sereno y olímpico, con tanta vida en las correctas facciones, que más parecía un semidiós de la Grecia afirmando su inmortalidad, que un viejo de nuestra angustiada época anunciando la caducidad de la vida.
—La verdad es—intervino Laín Calvo—que todos estamos hechos unos pellejos podres, y que ya, si nos tocan, nos reducimos á polvillo como las momias del Perú. ¿No decía eso, Don Gaspar?
—Decía—le gritó Rojas—que para cuidar de sus males quiere á Esclavitud, la doncella de doña Aurora.
—¡Aire!—exclamó el sordo.—No, pues con los cuidados de una rapacina así, pronto se va un viejo á la sepultura, aunque esté hecho un roble, caray. A no ser que sea como el rey David...—Y añadió encarándose con Rogelio.—¿Qué dice á esto el rapacín de la casa? ¿Quiere cederles la niña guapa á los vejetes? ¿No protesta?
Ya por el modo como lo dijo, ó ya porque la conciencia de Rogelio tenía alguna razón para sobresaltarse, ó porque su inexperiencia y poca edad no le permitían aún el aplomo que se requiere en tales casos, Rogelio se puso como la grana (lo cual se notaba más en él por su morena palidez habitual), y contestó tartamudeando:
—No, yo... Yo... al señor de Febrero...—Y para su coleto decía:—«¡Sordo del diablo! Oyes tú más... Hasta oyes crecer la hierba.»
Los preparativos para la noche no se diferenciaron de los de la precedente, sin otra variación sino que, á fin de no viciar el aire, la cama de Rogelio se colocó en el gabinete, pero comunicada con la alcoba por medio de la puerta abierta. La enferma tardaba en coger el sueño, quejándose de dolores, de inflamación en la pierna dichosa, y de un molimiento inexplicable: Rogelio, al apoyarle la mano sobre la frente, notó algún calorcillo, observación que tuvo desvelado al estudiante, sin que dejase de alterarle también la idea de si Esclavitud iría ó no á darle un rato de palique, lo cual temía y deseaba. En esta zozobra se adormeció por fin; y medio entre sueños, hacia eso del amanecer, vió acercarse á la muchacha, que se inclinó y le dijo rápidamente: «No puedo apartarme de allí. Pide mucho de beber. Se queja que le duele aquí y que le duele acullá: es el mismo retumbo del golpe.» Y Rogelio, desalentado, murmuró: «Bien, Suriña.» Pero con aquellas malas nuevas ya no pudo volver á prender en un sueño seguido. ¿Habría peligro? ¿Sería principio de una fiebre? El médico, que vino temprano, le quitó la aprensión. «Todo esto es la repercusión de la caída. La calentura, insignificante. La inflamación la vamos á combatir... Deme V. papel. Esta tarde ya se notará la mejoría.» Por la tarde, en vez de la mejoría anunciada, se advirtió algún recargo, pero al anochecer se indicó el alivio, y á las diez la señora cenó con mucho apetito un ala de gallina. «¡Ay... alabado sea Dios!—decía.—Parece que se me han sosegado mis huesos. Sentía allá dentro una opresión... Rapaz, me parece que ya tenemos mujer.» A este alegre vaticinio siguió una calma profunda, y á cosa de la media noche doña Aurora gozaba de un descanso de convaleciente, tan profundo y apacible, que casi no se le notaba la respiración.
—Hoy sí que viene volando—pensó Rogelio, decidido á no adormecerse y sintiendo, á pesar de sus sofismas para no dar á aquello importancia ninguna, un rebullicio en el sistema nervioso, y en el corazón un desordenado latir.