VINO en puntillas, mostrando viveza y júbilo que contrastaban con su acostumbrada reserva, y se acurrucó en el piso como gata favorita al pié de la cama de su dueño. Este, sin embargo, no le dedicó sus primeras palabras, sino que instintivamente las consagró al verdadero amor de su vida, á la mujer que le había llevado en su seno y que reposaba allí á dos pasos.
—¡Pero ves qué gusto, Esclava! Mamá se ha puesto casi bien del todo. Parece mentira. Me ha dado un susto de órdago. Esta mañana, cuando me dijiste que estaba así... no pude dormir ya más.
Esclavitud, antes de contestar, miró al estudiante de un modo raro por lo penetrante y profundo.
—Bien que le recé á mi patrona la Virgen de la Esclavitud para que la señora se aliviase. Le ofrecí también una misa. Ya ve cómo la Virgen me ha hecho caso, señorito.
—¡Ya se ve! Tú debes de tener vara alta en el cielo.
—Sí, señor...—murmuró la muchacha.—La tengo. Para conseguir todo lo que es contra mí.
—¡Contra ti!—articuló Rogelio asombrado y un tanto receloso.—¿Y es contra ti el que mi madre sane?
—Como sanar...—balbuceó Esclavitud—como sanar... no, señor, y quiera Dios llevarme á mí antes que á ella. Pero en acabándose el mal, se acaba la vela, y en acabándose la vela... se acaban estos ratos.
La explicación halagó la vanidad de Rogelio, afirmándole una vez más que era querido, y no á la manera de los niños, sino del modo que quiere al hombre la mujer, punto en que consistía toda la gracia de tan singular comercio, que no se atrevía á llamar, ni aun en sus adentros, amoroso. Aquellas palabras, dulces por el mismo acento hosco y dolorido con que la muchacha las pronunció, impulsaron á Rogelio á alargar el brazo, y cogiendo la bonita cabeza de su amiga, la arrimó á su pecho y la estrechó con ternura. Esclavitud respiraba tan anhelosamente, que Rogelio la dijo en tono afectuoso:
—Ya te suelto... No quiero hacerte daño, ni sofocarte.