—Daño, no—murmuró la muchacha.—Daño, no.
Rogelio no volvió á estrecharla. Ninguna violencia tenía que imponerse para respetar á Esclavitud, allí, al borde de la cama de su madre, y en aquellas efusiones de carácter más fraternal que apasionado, cuyo verdadero sentido y objeto ni él mismo acertaba á definir. Sólo se deslizó á pasar la mano repetidas veces por el pelo rubio, revuelto y abundante. A la vista parecía más sedoso el pelo de Esclavitud; pero de todos modos, era muy agradable acariciar la madeja ondeada y tibia.
—¿No quieres dormir un poquito?—le propuso.—Llevas dos noches en vela y debes de estar molida. Si mamá rebulle te despierto. Yo al fin he de estar despabilado...
Negóse Esclavitud. ¡Velar tres noches! Gran cosa. Cuarenta días sin desnudarse había pasado á la cabecera del cura, en su última enfermedad, sin tomar otro descanso sino recostarse á ratos, en una silla vieja, á descabezar una siesta de cinco minutos... ¡Velar tres noches! Velaría ella un trimestre.
—Pues si no has de dormir, entretenme. Cuéntame algo.
—¡Ay, señorito... pues buena persona ha ido á buscar para contarle!... Quien no sabe nada...
—¡No has de saber, boba!... Háblame de allá, de la tierra nuestra. Tengo unas ganas atroces de que me cuenten de allí. Cuando salí era un tapón. Casi no me acuerdo.
Al oir nombrar la tierra, los ojos verdes de Esclava fulguraron en la obscuridad, como los de los gatos.
—¿No se acuerda nada, señorito?
—Te diré... Apurando la memoria, me parece que veo, así..., muchos campos verdes, y el mar muy alborotado y muy verde también... Ello es que si me acuerdo, es de un modo confuso. ¿Sabes lo que tengo más presente? Un marinero que me cogía en brazos para bañarme; á ese parece que le estoy viendo ahora mismo, más negro que la brea, y apestando á sardina.