—¿Y por qué no va allá á ver otra vez todo aquello?
—Este año, ó poco he de poder, ó he de convencer á mamá de que vaya. Pasaremos por Marineda y Compostela. Veremos la provincia de Pontevedra y la de Orense. Nos atracaremos de ostras y de langosta fresca. ¡Allí sí que sabrá á gloria! Te llevaremos. Ya verás.
—¿A mí?—articuló la muchacha meneando la cabeza.—A mí, ya verá como no.
—¿Por qué, tonta?
—Cuando se me pone una cosa en el corazón, acierto siempre; y se me ha puesto que ver no veo más la tierra.
—¡Anda, pájaro de mal agüero! Déjame salir del aprieto de los exámenes... y después... ¿Conque la tierra es muy bonita? Cuenta, cuenta. ¿Cómo es? Aseguran que es la más linda de todas las de España.
—Y de las del mundo todo, ya se lo dije—contestó con gran persuasión Esclavitud.—Si viese las rías de Pontevedra... quedaba lelo. ¡Si viese echar el cedazo de la sardina!
—Será precioso. Ya me estás abriendo el apetito. ¿Y las romerías, con su tamboril y su gaita?
—Vale más una fiesta de aquellas—aseguró muy formal la chica—que todas las diversiones de Madrid. Yo allá era bien alegre, y todos los domingos bailaba: aquí parece que se me ha caído la paletilla.
—¿Y qué es eso de la paletilla? Sepamos.