—El señor de Febrero, mujer...
—Ese... Pues dice que tú eres un tesoro. Has de saber que está muerto por ti.
—¡Bah!... No haga burla.
—De veras. Como que quiere llevarte consigo á su casa. Se cree que acabará por ofrecerte su blanca mano y su pata coja. Ha concebido por ti una insensata pasión, que le arrastrará al sepulcro en la flor de sus años, en la risueña edad de las ilusiones, á los ochenta y seis abriles no cumplidos.
—Bueno, bueno... Malpocado de señor, ni con sus piernas puede.
—Calla, ingrata mujer, ó mejor dicho, hipócrita. Nada conseguirás con disimular la profunda impresión que han hecho en ti sus rizados cabellos...
—Sí, de difunto—observó humorísticamente la muchacha.
—Las perlas de su dentadura, y la esbeltez de su talle. Pero no te compongas, infiel, que yo no te permitiré seguir á ese Tenorio. No harás traición á tus deberes, ó morirás á mis manos. Te arrancaré el corazón si me vendes.
Le deshizo cariñosamente las conchas del pelo, y murmuró bajito: