—Suriña no se va con el viejo. Suriña es para mí. ¿Quién se la quería llevar? Que se limpien, que se limpien. Suriña es mía.
XVII
DOÑA Aurora se encontró tan aliviada el día siguiente, que ya pudo levantarse un par de horas, y á la noche insistió y porfió en que su hijo no se quedase en el cuarto. «No me conviene», advirtió. «Te acuestas ni desnudo ni vestido; tardas en dormir; te entra el aburrimiento; te pones de palique con Esclavitud, que bien os oí anoche entre sueños, y luego amaneces desemblantado y desganado». Cuando la señora hablaba así, andaba la muchacha por el cuarto arreglando no sé qué cosas, y se volvió de espaldas precipitadamente, sin duda para recoger mejor la abrazadera caída de una cortina, operación en que se entretuvo bastante tiempo. En cuanto al estudiante, clavó en su madre los ojos, sobrecogido; pero aquella querida fisonomía, tan poco avezada á disimular sus impresiones y tan conocida para él en sus menores repliegues, no expresaba nada más que lo que en voz alta habían proferido los labios, y el estudiante, respirando mejor, accedió á retirarse á su cuarto aquella noche. No dejaba su madre de llevar razón asegurando que le faltaba sueño. En la edad del pleno desarrollo, no robustecido aún después de una niñez si no precisamente enfermiza, al menos delicada, su fina organización se resentía de cualquier cosa, y las tres noches de media vela le traían ya algo lacio. Sin embargo, al recogerse á su alcobita, experimentó una impresión de pena y de soledad. Acostumbrado á una atmósfera de ternura y de mimos, á andar envuelto en algodón en rama, era codicioso de cariño, y bastáranle dos días para contraer el hábito de aquellos tiernos y extraños coloquios, á deshora, con una mujer que le ofrecía tal cantidad de afecto y de adhesión, que ni su propia madre, al parecer, derramaba más profusamente el amor sobre su cabeza. Si Rogelio pudiese analizar al microscopio sus sentimientos, vería que buena parte del encanto de Esclavitud consistía en que allí él era quien mandaba, y que la mujer de veinticinco años que al pronto le tuvo por un chiquilicuatro, un rapaz, ahora estaba á sus órdenes, sumisa, como esclava verdadera. Con la madre, por más amante y tierna que fuese, Rogelio siempre se reconocía súbdito: la costumbre de respetar y obedecer se le imponía, manteniéndole en perpetua infancia. Con la doncella, podía en cambio satisfacer su pueril vanidad y á la vez su oculto y mal definido anhelo de vestir la toga viril, atributo de la dignidad humana.
Por eso le causó gran disgusto la interrupción de veladas tan sabrosas. A punto estuvo de escurrirse de puntillas á eso de la una, y sorprender á Suriña, para alegrarle aquella cara que se le había puesto de una legua. Pero ¿y si los cogía su madre? Creería todas las cosas malas; tendría una desazón horrible; recaería; acaso despacharía á Esclavitud... El instinto de cautela, que en los movimientos pasionales se despierta como contrapeso á la fiebre de las determinaciones radicales y de los insensatos extremos, le aconsejó cierto tino; y al otro día, como viese á Esclavitud descolorida y con las facciones afiladas, la acorraló en un rincón del pasillo, y la dijo entre bromas y veras: «Suriña, no me pongas esa cara de viernes. Esta noche me acordé mucho de ti, y de nuestra charla. Se me pasaban ganas de ir, pero no me atreví. Cuidadito, por causa de la pobre mamá. Anda, Esclava, sonríe á tu señor.»
Bastó esta pequeña satisfacción para que la muchacha apareciese con mejor semblante, y aun se manifestase en apariencia contenta y segura. Rogelio había hecho su composición de lugar, mitad por instinto de prudencia, mitad por filial respeto: «Ahora, que sane mamá del todo: que se reponga: á eso estamos. Mientras no se consiga verla fuerte y buena, que Esclavitud la cuide, y se acabó. Pero mamá se encuentra muy aliviada, y va á entrar en convalecencia: dentro de ocho ó diez días no quedará rastro del percance. Entonces tenemos tiempo de echar todos los paliques que se nos antoje. Porque mamá sale á la calle, ó se entretiene con su tertulia, y... perfectamente. Se lo he de decir á Sura para que se ponga más alegre todavía.»
Atisbó la ocasión propicia de comunicarle este agradable proyecto. Sujeta incesantemente en el cuarto de la enferma, Esclavitud aquellos días no pisaba el del estudiante: era preciso tomar por centro de operaciones el pasillo, y Rogelio se propuso esperar á la chica en él por la tarde, pues la mañana se le iba entre almuerzo y cátedras. Hacia eso de las cuatro, el entrar y salir de los amigos en la tertulia introducía en la casa cierta animación y desorden favorables al intento de Rogelio. Y la tertulia aquellas tardes se encontraba muy concurrida, porque el género de enfermedad de la señora, no incompatible con la charla y la bulla, imponía á sus amigos el deber de acompañarla. No sólo venían los «señores» sino también el personal femenino, compuesto casi todo de modestas amas de casa, que por carecer de la desahogada fortuna de doña Aurora, sólo de tarde en tarde podían permitirse el lujo de hacer visitas, no sin meditarlo antes á fin de darse á luz con la decencia conveniente en la familia de un magistrado. Aquella tarde vinieron dos señoras que acostumbraban dejarse ver muy poco: la del presidente de Sala D. Prudencio Rojas, y la del ex-Fiscal D. Nicanor Candás, por mal nombre Laín Calvo. Si un pintor quisiese simbolizar la Dignidad envuelta en los cendales de la Modestia, bastábale copiar fielmente el porte y rasgos de la señora de Rojas. Para quien no tuviese el alma dañada y torcida, ó embotada la sensibilidad, había algo en aquella mujer sencilla, socialmente insignificante, que obligaba con categórico mandato á inclinarse y descubrirse. En su abriguito de terciopelo negro ya raído, escrupulosamente limpio, trabajosamente puesto al aire de la moda después de ocho ó diez arreglos quizá; en su capota cuyos encajes descubrían el brillo de la plancha casera; en sus guantes nuevos, comprados para la circunstancia, de dos botones no más, de color sufrido y obscuro; en sus aretes antiguos,—una roseta de minúsculos diamantes;—en sus blancos cabellos, alisados y pegados á las sienes con el supremo decoro de una reina viuda que ha renunciado á agradar, se revelaba más valor, más sufrimiento, más secreto heroismo que en los harapos de ningún pordiosero, ni en el uniforme de ningún inválido, ni en el sayal de ninguna monja. El viviente comentario y tal vez la mejor clave de la rígida integridad del marido, era la aureola de paciencia doméstica y de serena aceptación del sacrificio cotidiano que resplandecía en la esposa. Lo que tenía Rojas de duro y leñoso en su modo de entender y rendir estrictamente la justicia, lo suavizaba la dulzura de su mujer, á quien Roma hubiese conferido el cargo de sacerdotisa de la piedad doméstica. Aquella matrona no había preguntado jamás, ni aun á sí misma, la razón de que su vida conyugal fuese un continuado acto de abnegación que duraba ya treinta y tantos años: sabía que en su casa se adoraba el inflexible simulacro del Deber poniendo en el mismo altar la estatua sobredorada de la Decencia, y sin una protesta se había consagrado al culto de ambos númenes.
No cabía mayor contraste que el de la señora de Rojas y la de Candás. Como en la magistratura se tienen muy en cuenta los antecedentes de familia, no es posible dudar que una esposa tan cursi, que según malas lenguas había sido posadera en Gijón, influía bastante en ciertas sombras que un tiempo empañaron el buen nombre del Fiscal, y era motivo para que sus compañeros, molestados por tener que seguir trato con ella, mirasen á su esposo con una prevención que crecía al fijarse en la incorregible mordacidad, burlón escepticismo y sordera intermitente del asturiano. La señora de Candás, gordinflona, con una lupia al margen del ojo izquierdo, muy empavesada, luciendo siempre vestidos llenos de faralaes y capotas que parecían garitas ó peroles, hablando medio en bable, llamando á su marido este, y contando delante de cualquiera indisposiciones propias para sepultadas en el silencio más profundo, era el tipo perfecto de la ordinariez incurable, enquistada, que resiste al buen ejemplo, al aire de la corte, al cáustico de la burla y al roce de la corriente del tiempo, que desgasta y pule, como la del mar, las piedras más toscas. Si Don Nicanor probó alguna vez á civilizar á su costilla, seguramente había renunciado á ello muchos años hace; y además, los compañeros aseguraban que para desasnar á Pachita tenía que empezar Don Nicanor por darse una mano de barniz á sí propio, y suprimir las crudezas de su conversación, el desentono de sus modales y el mal gusto de sus opiniones,—porque hasta las opiniones eran de mal gusto en el Fiscal, ó al menos lo parecían por la forma de expresarlas.
Lo evidente es que, encontrárase ó no al nivel de su Pachita,—y acaso sólo le llevaba de ventaja la agudeza del ingenio y la superioridad de la instrucción masculina,—Don Nicanor se mostraba á veces como avergonzado de su mitad. Quien se apostase aquel día en casa de doña Aurora y viese entrar primero al señor de Rojas y luego al señor de Candás en compañía de sus respectivas mujeres, podría, sólo con aquella observación, deducir la vida psíquica de ambas parejas y ambos hogares. Rojas había ofrecido á su mujer el brazo por la escalera, adelantándose á tirar de la campanilla; y, al cruzar la puerta, se hizo atrás cortésmente, no sin llegar después á tiempo de alzar el portier del comedor (donde ya había vuelto á instalarse la tertulia). En el modo de colocarse á su lado, en el de asociarse á sus protestas de interés por la salud de la madre de Rogelio, rebosaba la misma consideración, el mismo delicado sentimiento de reverencia familiar, si así puede decirse; y el magistrado, respetando á su compañera, mostraba respetarse á sí mismo. El señor de Candás, al contrario, entró con el sanfasón de todos los días, y por poco suelta á su mujer en el mismo rincón en que había colocado el paraguas. Parecía como si Pachita y su esposo se hubiesen encontrado por casualidad en la escalera, sin conocerse, ni haber sido presentados. Pero hubo más. Mientras el señor de Rojas, conversando en igual tono deferente con su mujer que con doña Aurora, no se movió del asiento hasta que la señora de Rojas hizo la clásica indicación, «cuando quieras, Prudencio, nos iremos hacia casa», el señor de Candás, de repente y cortando una arenga de Pacha sobre lo rancio y caro que era en Madrid el tocín, dijo con el peor estilo del mundo:
—Ea, Pacha, cállate y larguémonos, que es hora.
Salía el señor de Candás, sin duda para enseñar el camino á su mujer, que aún quedaba empantanada en los cumplimientos de despedida, á tiempo de espantar un grupo de dos personas que hacia el fondo del recibimiento se secreteaban con calor. Nadie ganaba al socarrón del astur en el arte de hacerse el sueco; pero ver... ¡carapuche si vió! Tanto, que al salir de la casa aún retozaba una risilla en las arrugas de su volteriana faz.