Lo que Rogelio le decía con tanto entusiasmo á la muchacha era esto:
—Suriña, la gran noticia. Este verano iremos allá... todos. Ya mamá me lo tiene ofrecido.
XVIII
ENCONTRÁBASE la señora de Pardiñas completamente dada de alta y se discutía la oportunidad de una salida á pié, cuando cierta mañana, á la hora en que Rogelio tenía su clase de economía política, que para tales visitas era deshora, llegó Don Nicanor muy bien humorado y cordialísimo. Se hizo el sorprendido de no encontrar allí á ninguno de los acostumbrados tertulianos; á lo cual doña Aurora, que se consagraba á la fabricación de unas medias de abrigo, respondió muy cuerdamente que faltaban dos horas lo menos para la de la tertulia, y por consiguiente no tenía nada de extraño que la gente no hubiese llegado. Pero Laín Calvo no debió de oir esta observación, porque conservaba en el bolsillo la trompetilla, limitándose á formar con la mano un embudo acústico.
—¿Diga, Aurora, no ha notado una cosa?—preguntó después de repantigarse en la butaca, sobre cuyo ancho respaldo estaba ya señalada la forma de sus lomos.
Doña Aurora levantó las pupilas como el que dice:—«No; es decir, ¿yo qué sé? Haga V. él favor de explicarse».
—¿No se ha fijado el otro día... cuando vinimos de visita Pacha y yo...
—¿La mujer de Rojas, qué abatida estaba?
—¡La pobre! No es muy animada nunca; pero tampoco se la ve displicente. ¡Mujer de más mérito! Vale un Perú.