—No, ella bien se esforzaba en hacer de tripas corazón: ¡pero se le conocía! Sobre todo, los que estábamos en autos.

—¿Pues qué ha pasado? ¿Tienen algún disgusto serio?—preguntó ya consternada la señora de Pardiñas, que estimaba y quería muy de verdad á la de Rojas.

—El Joaquín... el hijo, el juez... me le han vuelto á trasladar desde un extremo á otro de España, á los dos meses de la primera traslación, y estando su señora para dar á luz. Así se convencerán de que aquí no se puede hacer el quijote, ¡carapuche! ¡Mire que un rapaz que empieza la carrera, y para estreno se le ocurre tenérselas tiesas con un alto cacique de las agallas de Colmenar, á quien le guarda las espaldas el ministro del ramo! Ya verá, ya verá que no se pueden gastar bromitas con esos nenes. Y ya comprenderá lo que importan aquí legalidades. ¿Que no se puede trasladar á los jueces más que á instancia suya? Pues se pone en la Real orden: «A instancia suya», y tan guapamente. Ya hubo alguno á quien le encajaron la cesantía «á instancia suya». Y cuando protestó le salieron con «¿V. desacata al ministro?»

—Pero señor Don Nicanor, eso honra mucho á la familia de Rojas, y al muchacho, que por lo visto es de la escuela de su padre. Gente íntegra así, se ve ya muy poca. Yo nada entiendo; pero recuerdo que aquí se hizo conversación del asunto, y se dijo que querían que Joaquín Rojas se prestase á una picardía tremenda, á un despojo que importaba...

—¡Mire V.—añadió Laín Calvo prosiguiendo en su sordera—que ir un mequetrefe como él á cuadrarse delante del Ministro! Los Rojas tienen vena. Talis pater... Farol el padre, farol el hijo... Es decir, el hijo todavía más farol, aunque parezca mentira. Porque el padre al menos no se mete en camisa de once varas: al texto de la ley y se acabó. ¿Que el Código dice blanco? Pues blanco. ¿Que dice negro? Negro. Rojas es una máquina de aplicar la ley. Si la ley hoy trajese azotes, y cortar las orejas, andaría Rojas desorejando y vapuleando á la gente. ¡Pero el chiquillo!... Porque se ha leído unas chapucerías alemanas é italianas, traducidas en gringo, se las echa de sabiondo y de fi-ló-so-fo. ¡Fi-ló-so-fo un xuez! ¡Home, qué farolería!

—Pues á mí,—arguyó doña Aurora sin alzar la voz, porque sabía á qué atenerse respecto á la sordera del Fiscal,—me parece que en todas las profesiones puede un hombre portarse con dignidad y con decencia. Les tengo á los Rojas, por eso, una simpatía grandísima.

—Y claro,—siguió Laín,—ahora lo de cuartos anda mal. En aquella casa ni se enciende estufa, ni se come principio, ni se hace café. No le llega el sueldo para traslaciones; se ha casado con una chica que no tiene un ochavo, y así que la cosa apremie, ya bajará el gallo el señorito. La necesidad enseña más que las Universidades. Ya le domarán. Como un guante estará dentro de un año.

Persuadida de que no conseguía nada con protestar, doña Aurora continuaba menguando el talón de su media, limitándose á hacer gestos negativos, porque su genio vivaracho no le consentía asentir á las atrocidades del maligno sordo.

—Todos allá cuando rapaces empezamos por echárnoslas de plancheta... ¡y luego amainamos, vaya si amainamos! O si no, es querer pasar una vida miserable. Ya verá V. como el ramalazo que ha cogido á Joaquín le alcanzará también á su padre. Se la están armando con queso. No pasa el año sin que le jueguen alguna de puño: gorda. ¿No pueden trasladarle? le jubilarán. Yo no soy antiguallero como Don Gaspar y los otros; pero tengo que reconocer que en mis tiempos la magistratura dependía menos que ahora de la política. Las cosas vienen así, y hay que tomarlas como vienen. Estos señores están siempre en Belén, carapuche. ¡Memos en polvo! A bien que la camada nueva la entiende mejor. Aquí soy yo el único de la tertulia que vive en el mundo. Si no fuese la arrenegada sordera...

—A mí no me venga V. con sorderas,—protestó la señora.—Dios me libre de sordos así. Oye V. más que quiere. A mí déjeme V. de cuentos ¿eh? No nací en el año de los tontos.