—Y el que está más chiflado de todos,—advirtió Laín haciéndose el desentendido,—es el bueno de Don Gaspar. Ese ya, guillati por completo. Ha vuelto á la infancia. Tendremos que ponerle ama de cría, ó al menos niñera. Eso quiere y por eso suspira; y anda buscando robarle á V. la que V. escogió para su chico. Hablo formal; tan cierto como me llamo Nicanor, que le tenemos vuelto tarumba por su doncella de V., por la Esclava ó como se llame. Ningún rapaz de veinte se enamoraría tan fuerte de ella; estoy seguro de que á Rogelín no le entró así, home.

Al nombre de Rogelio, y sobre todo al percibir el tono en que lo pronunciaba Candás, la madre se estremeció, dejando caer en el regazo la calceta.

—Lo de Rogelín,—continuó con la misma bonachonería el sordo,—es tan natural en un rapaz, que sería para hacerse cruces si no sucediese. Claro: una mujer agraciada de veinticinco, y mimosina; un rapaz de veinte... ¿qué había de pasar, señores? Que hoy te miro, que mañana te toco... que el cariñín en el pasillo, que el retozo en la antesala... Rapazadas que se caen de suyo.

La señora saltaba en el asiento lo mismo que un muñeco de resorte.

—¿V. sabe lo que está diciendo?—exclamaba.—¿Le parece á V. bien lanzar esas cosas tan serias porque sí, sin prueba ni fundamento ninguno? ¿No hay más que echar la lengua á paseo y caiga el que caiga? Rogelio... ¡infeliz criatura! ¡que no es capaz de semejantes trastadas en casa de su madre!...

—Bueno, si yo comprendo que V. le dé poca importancia y lo meta á risa, porque son demoniuras que la edad las trae consigo...; y por eso, cuando el otro día los pillé en la antesala muy entretenidos, hechos un caramelo, díjeles para mi saco: «Eso, niñines, á divertirse, que es ley de Dios.» Pero si pienso en el otro estafermo, con sus ochenta del pico, todo derretido en babas...: home, le bajaría los calzones y le daría una mano de azotes en el tafanario, por archimemo.

¡A doña Aurora sí que se le pasaban ganas vivísimas de ejecutar la misma operación con el empecatado sordo! ¡Contar aquellas enormidades, y contarlas de aquel modo traidor, que ni daba lugar á rectificaciones, porque con la farsa de la sordera podía decir cuanto se le antojase, sin atender á las razones en contra, ni aun á los mentís! Era para envenenarse la sangre de rabia... Era una burla supina, descarada, insufrible. ¿Y ella había de aguantarla? Eso sí que no. La bilis de la señora de Pardiñas se alborotaba: la sangre le hervía en las venas. «Sordo infame, sordo de mentirijillas, revoltoso y chismoso de verdad, raposa malvada y astuta, ahora te lo diré de misas.» Levantóse del sillón, y acercándose rápidamente á Laín Calvo, le metió la mano, con la destreza de un tomador de oficio, en el bolsillo del gabán, sacando el estuche que contenía la trompetilla. Y antes que el sorprendido Fiscal pudiese evitar el ataque, doña Aurora había sacado el cañuto de plata encajándolo en el conducto auditivo del asturiano, acercado la boca y gritado con toda su fuerza:

—Para mí póngase V. siempre la trompetilla, ó si no determínese á oir lo que le contesto. Eso de Rogelio y Esclava lo inventa V. con su maliciota condenada, ¿oye? Mi niño no seduce á las criadas de la casa de su madre, ¿oye? La gente no anda tan suelta ni tan descarada como V. la pinta, ¿oye, oye? Y las personas decentes se diferencian ¿oye? de los pillos. Y yo no soy tan borrica ¿oye bien? que si semejantes cosazas me pasasen por delante de las narices las fuese á consentir. Y á mí me gusta poco la gente maligna ¿oye? porque siempre echo la cuenta ¿oye? «Piensa el ladrón que todos lo son.»

Acabada la filípica, la señora se dejó caer toda sofocada y nerviosa en el sofá: y el astur, llevándose ambas manos á su amarillenta calva, exclamó con acento dolorido:

—Carapuche, Aurorina... Me ha roto el tímpano... Con otra como ésta me deja sordo.