XIX

PERO apenas el truhán de Laín Calvo se hubo ido, y calmádose un poco la indignación y la cólera dando lugar á la reflexión, doña Aurora, ejecutando su movimiento favorito de rascarse el moño con una aguja de la calceta, llegó á formular categóricamente el indefectible «¿por qué no?» de todas las desconfianzas. Sin necesidad de gran perspicacia, sin poseer la aguda malicia del Fiscal, con sólo las nociones más elementales del sentido común, bien podía venirse á la memoria é imponerse al entendimiento todo aquello de «el fuego junto á la estopa...», con lo otro de «entre santa y santo...», etcétera. Y por una serie natural de razonamientos, propios de su buen sentido, llegó la señora á caer en el extremo contrario á su primer impulso, acusándose de confiada en demasía, de necia y simple, porque ni una sola vez se le había ocurrido la posibilidad y aun la probabilidad de cosa tan obvia, hasta que se la indicara una persona maliciosa y extraña, cuando ella tenía obligación de precaverla á tiempo. «Las mamás padecemos esta pícara manía, de pensar que los niños siempre han de ser niños... y los años vuelan, y ellos llegan á hombres, y el bigote no nos pide permiso para crecer... Cuando no creemos que siguen siendo chiquillos, damos en figurarnos que ya son viejos y formales como nosotros..., otro imposible, otra bobada... La edad pide lo suyo, y es una majadería no sospecharlo siquiera... Lo malo aquí es que tenemos al enemigo en la plaza. ¡Y lo he metido yo misma! Nada, le abrí la puerta y le dije:—Pase V. Sobre que la situación es poco decente, desairadísima para mí, he duplicado el peligro y la gravedad de todas las consecuencias que pueden sobrevenir... ¡y tanto como pueden! Ello es que yo no esperé nunca que Rogelio fuese toda, toda la vida un santo; pero esto... así, á domicilio...»

Otra rascadura en el moño le sugería el contrapeso lógico de tales reflexiones. «Es muy creíble que el tiñoso del viejo haya calumniado, por el gusto de calumniar, á mi nene y á la pobre Esclava. Yo no tengo tan mal ojo para conocer á las pájaras de cuenta, y Esclava me gustó, me llenó precisamente por su tipo formal y modesto. Verdad que los antecedentes de familia no la abonan, y que tiene mala sangre por los cuatro costados; pero eso... en eso se lleva uno chascos grandísimos: la gente no es como los pimientos, que salen gordos ó ruines según la semilla. Nada, aquí no tenemos sino un caminito que seguir. Observar, no dormirnos y procurar que el muchacho se distraiga por ahí fuera. Según lo que vaya pescando, así haré. Yo no voy á cometer la barbaridad de echar á la chica de buenas á primeras. Si todo ello resultase paparrucha de Don Nicanor, sería un cargo de alma. Y si es verdad, podía alborotárseme el chico... y tendríamos una... Estas primeras chifladuras y tonterías de los rapaces les entran muy fuerte. Andarse con tiento. Aurora, figúrate que eres de policía y que te mandan seguir la pista de un crimen... Ojo alerta, calma y mala intención.»

Ningún programa se cumplió más al pié de la letra. Dedicóse la señora desde aquel mismo instante á reparar el tiempo perdido: tan confiada y noblota como fué antes de concebir recelo alguno, tan suspicaz y escamona se volvió desde que la sospecha vino á hacerle cosquillas con sus dedos rápidos y fríos. Espiaba con destreza y con un sosiego perfecto, sin dejar salir al exterior las preocupaciones del ánimo. En toda mujer, en la más sencilla y franca, hay un polizonte en germen; los hábitos de disimulo contraídos desde la niñez les hacen fácil el oficio.

Para no alarmar ni poner sobre aviso, discurrió doña Aurora no vigilar á los dos presuntos culpables, sino á uno solo: porque si éste comunicaba al otro sus temores respecto al espionaje, el otro los disiparía asegurando no haber notado cosa alguna que alarmar debiese. Y en efecto, en el presente caso no puede negarse que, vigilada Esclavitud, sobraba atisbar á Rogelio. Así se practicó. La señora, usando de un derecho indiscutible, estudió minuto por minuto las acciones, pasos y movimientos de su criada. Supo á qué hora se despertaba; qué hacía después de levantarse; cuántas veces y con qué fin entraba en el cuarto de Rogelio; en qué empleaba la tarde; á qué se dedicaba mientras duraba la tertulia; cuándo se recogía y en qué momento soplaba la luz. Y,—preciso es confesarlo,—al pronto el resultado de estas averiguaciones fué completamente negativo. Esclavitud, no bien salía de su cuarto, se consagraba como siempre á los chocolates, y después á su aseo personal, sin acicalarse ni hacerse esos moños de figura de sorbete, único lujo de las domésticas madrileñas. Para arreglar y asear las habitaciones de Rogelio, despachito y alcoba, escogía las horas que el estudiante pasaba en clase, ó en paseo: nunca iba estando él. Esclavitud no salía los domingos sino á misa; por consiguiente, tampoco veía á Rogelio fuera de casa. Durante la tertulia, Rogelio no se movía de su rincón del sofá, ni la muchacha abandonaba su cesta de repaso, excepto para abrir la puerta. Y las noches, en que á no venir algún estudiante amigote de Rogelio, éste leía periódicos ó salía á los teatrillos á ver una pieza, Esclavitud se las pasaba en su cuarto, cosiéndose su propia ropa, ó dedicándose á faenas análogas. Nada se descubría que pudiese dar pábulo á ciertos recelos, y la señora se dormiría tranquilamente, si sus condiciones de observadora fuesen más vulgares.

Pero no era ella mujer á quien se le pasasen por alto varias cosillas insignificantes en apariencia, y en realidad muy significativas y aun escamativas para una mamá avispada; cabos sueltos tras los cuales suele salir toda una madeja larga y enredadísima. Estos indicios, señales ó guiones para las pesquisas de la celosa madre, eran del género siguiente. A la hora de almorzar, al traer Esclava las píldoras ó el jarabe ferruginoso, al presentar á Rogelio sus manjares preferidos, establecíase alguna vez (y que no se lo negasen á doña Aurora, que ella bien lo había guipado) un trueque de miradas lánguidas de carnero á medio morir, ó encendidas y chispeantes. Al llamar el estudiante á la campanilla y levantarse Esclavitud para abrir la puerta, la muchacha mostraba un apresuramiento que estaba muy lejos de manifestar cuando tiraban del cordón los vejestorios tertulianos; es evidente que conocía al señorito en el modo de llamar y hasta de subir las escaleras. Si Esclavitud planchaba ropa de Rogelio, hacíalo con primor y esmero muy especiales; y este mismo síntoma podía advertirse en el arreglo de la habitación y en el servicio de la mesa. Algunas noches, al salir de casa Rogelio, la muchacha le esperaba en el pasillo, y trocaban breves frases, pero en voz tan baja que no podía oirse el diálogo: esto mismo ocurría por la mañana al regresar de clase, y siempre que no estuviese en la antesala doña Aurora. Por último, y este indicio era de los más elocuentes, Rogelio se había resistido dos ó tres veces á acompañar á su madre para salir, y aunque por fin cedía, iba asaz mohino y con las orejas gachas.

Ni más ni menos que esto percibió la señora: ello bastaba y aun sobraba quizá para tenerla en ascuas ó inspirarla deseos de resolver del mejor modo posible aquella ambigua situación y desenredar la madejita, que amenazaba ser con el tiempo un enredo de dos mil diablos. No se atrevía á moverse de casa por no facilitar ocasiones peligrosas; pero esto puede hacerse un día, dos, tres; no prolongarse todo un invierno, á menos de criar moho. Rogelio había manifestado ya repetidas veces gran extrañeza viendo suprimidas las correrías matinales en simón. «Máter, estamos abocados á presenciar graves trastornos si continúa tu retraimiento y sigues desdeñando á las áureas carrozas que al pié de los muros de nuestro palacio esperan que te recuestes muellemente en sus recamadas alcatifas para dedicarte á tus matutinos quehaceres. Prepárase imponente manifestación en que tomarán parte diez mil Faetontes de punto; pronunciáranse discursos en la dulce lengua del trovador Macías y en la jerga elocuente del duque Pelayo. Tienen pedida la palabra Martín el Buloniu y José el Cabaleiro. El Gobierno ha adoptado precauciones, y el duelo se despedirá en la taberna.»

Los tertulianos, informados del retraimiento de la señora, también se creían obligados á soltar su discurso de higiene. «Amiga doña Aurora, no hay que apoltronarse. Cuidadito con criar humores, que después dan que sentir. Míreme V. á mí: la salud de que gozo y la buena disposición en que me encuentro, las debo á mi costumbre de que no pase día sin salir y sin andar á pié regulares distancias. Menos de una legüecita, no se esparce la sangre. Yo, desde que me rompí el hueso, ando más.» Estos consejos eran del excelente Nuño Rasura. «Muy conveniente considero el ejercicio», añadía el señor de Rojas, con su sentenciosa formalidad de costumbre, «para el cuerpo, y si Vds. me apuran, para el alma. Andando, se distrae... vamos, el espíritu. No hay como un paseíto, y si uno se aburre, lo mejor que puede hacer es contar las piedras, los árboles ó los números de las casas.» A doña Aurora, tales advertencias acababan por sacarla de tino. «Es monomanía la que tiene todo el mundo de aconsejar y de cuidarle á uno, sin saber ni lo que le conviene ni dónde le aprieta á uno el zapato. Estos señores parece que se empeñan en que aquí suceda... lo que no debe suceder. Vaya, con razón dice aquel truchimán de Don Nicanor que están en Babia todos ellos.»

No obstante, doña Aurora iba persuadiéndose de que la encerrona era insostenible, y la irritaba pensar que tal vez se tomaba un trabajo excusado, porque la inclinación de los muchachos no llegaba á extremo que justificase tantas precauciones; y de llegar, el impedirles que se viesen á solas era como poner puertas al campo. Ocurriósele entonces un expediente para salir de dudas y medir la magnitud del riesgo. Mandó fabricar secretamente un llavín para la puerta de su piso; y ya provista de él, salió á la calle de mañana en uno de sus trenes, el de Martín por más señas; y despidiéndolo al poco rato, volvió á su casa á pié, abrió sin hacer ruido, y se dirigió, pisando blandamente, al cuarto-leonera, donde supuso que debía encontrarse Esclavitud. Así era. La halló haciendo labor, como de costumbre, tranquila, con el aire reconcentrado y pensativo que la caracterizaba.

—¿Dónde está el señorito?—preguntó doña Aurora de súbito, sin dar tiempo para que la Esclava adoptase precaución alguna.