Y la criada, alzando el rostro sereno, ó más bien melancólico, respondió:

—Me parece que estudiando en su cuarto ¿Cómo entró, señora? No he sentido la campanilla.

—Es que salía Fausta—explicó doña Aurora atropelladamente, cogida en el garlito lo mismo que si fuese ella la culpable. Hasta sintió encendérsele los carrillos. ¡Aquello era lo que se llama un parchazo! ¡Tantos misterios y tantos preparativos de llavín, para encontrarse con que en casa no sucedía nada de particular, y que cuando pensó sorprender un pecaminoso coloquio, sólo encontraba la calma y el orden! Y sin embargo, no se convencía, no señor: que se convenciese el diablo. «¿Será esta chica más lagarta de lo que me figuro? ¿Me estará envolviendo sin yo pensarlo? ¿Se reirán de mí los dos? Porque las miraditas y los coloquios al entrar y salir, y las pocas ganas que tiene mi niño de echarse á la calle... eso no me lo quita nadie de aquí; lo he visto, y lo que veo... nada, que lo veo, y ya pueden predicarme después frailes descalzos. Con salirme fallida esta emboscada, en vez de sosegarme creo me voy sobresaltando muchísimo más. No, pues yo no me dejo meter el dedo en la boca. Para defender á mi hijo, todos los medios humanos he de apurar; á mí no me cogen desprevenida: por si ó por no... Me da miedo esta muchacha. La veo yo así..., no sé cómo, pero no me gusta. Tiene un carácter muy de allá, que todo se lo guarda, y no hay nunca seguridad con ella, porque no se descubre. Pues á pillo, pillo y medio. Deja, deja, que yo te buscaré la salida; y ha de ser salida decorosa, sin que te puedas quejar; al contrario, has de tener que darte por satisfecha. Y ahora..., un clavo saca otro clavo, los rapaces son rapaces... Voy á proporcionarle entretenimiento á Rogeliño. Voy á darte una rival... y bien bonita. Espérate, rapaza...: contra treta, retreta; ya encontré quien ha de desbancarte.»

XX

Y EN efecto, ni veinticuatro horas tardó la madre en arreglarle á su hijo una entrevista con la rival de Esclavitud. El punto de cita fué en la propia morada de la susodicha rival, morada obscura y que olía medianamente, como suelen oler todas las habitaciones de gente de su laya; por lo cual, para que Rogelio se enterase bien del talle y porte de su nuevo quebradero de cabeza, hubo que sacarle al patio sin ningún artificio de coquetería, y aun pudiéramos decir que en estado de casi total desnudez, pues no cubría sus esbeltas formas sino una manta vieja que el dueño del taller de coches, Agustín Cuero, se apresuró á levantar á fin de que nada velase sus encantos.

Era una monada de jaca andaluza, alazana con cabes negros, de cabeza chica y enjuta, de nerviosos remos, de lucio y acopado casco, de pelo irisado á fuerza de estar brillante, de entreabiertas fosas nasales más suaves que la seda, de ojo lleno de fuego y dulzura; joven, leal, gallarda, animosa; un animal de esos que honran á la raza caballar española con la hermosura de su estampa y la inteligente generosidad de su carácter. Agustín Cuero no le escaseó elogios hiperbólicos, fingiendo que se enternecía al desprenderse de tan rica pieza.

—Le aseguro á la señora que otra más bonita no se pasea hoy por la Castellana. No tiene una maca siquiera. Y es una santa, es una seda, la maneja un niño de pecho. Con toda la sangre que le sobra, no es capaz de una mala partida. Así es que un hombre le toma ley, vamos, y parece que cuando uno la vende es como si se le llevasen á alguien, es un decir, de la familia.

—Sí—respondió la señora metiéndose á chalana—pero también no me negará V. que esta clase de caballos no está ahora de moda. Los elegantes tienen una legua de pescuezo y son de figura de mondadientes.

—Bueno, los ingleses...; una moda redícula, como muchas que hay; y esos son para ciertos señoritos y con ciertas circunstancias... pues. Para el Hipódromo y esas farsas. Una jaca como la que está viendo la señora siempre tendrá partido. Bien emperrado que anda el Baraterín en comprármela; en pleito estamos porque no quiere llegar al precio que yo le pongo. Ahí el señorito podrá decirlo.

—Es verdad, mamá—afirmó Rogelio mientras halagaba el anca de raso del simpático animal.—Soy testigo. Agustín le pidió lo mismo que á ti, y el torero la dejó quedar por diferencia de dos onzas, y está chalado por ella. La anda rondando; ¡le hace más visitas!