—Pues que no la ronde, que es tuya—exclamó la mamá decisivamente, recreándose en ver el rostro extático de su hijo, que al oir esta palabra divina, con un impulso de esos que no se calculan, echó los brazos al cuello de la jaca, y le plantó un achuchón completo en el hocico negro y suave.
Convenido ya el precio y la hora de cobrarlo, doña Aurora indicó algo sobre el cuidado de la jaca, proponiendo á Agustín dejársela en pupilaje; pero Rogelio, excitado, casi convulso de felicidad, no permitía hablar á nadie, ni tomar resolución alguna. «Tú no sabes, mamá... Yo me encargo de eso, déjame á mí... Sí que he de pasarme yo un día solo sin enterarme de cómo anda la jaquita mía... Todas las mañanas y todas las tardes la he de ver á la señora jaca... Te digo que lo dejes de mi cuenta...» Acabó doña Aurora por acceder y otorgarle plenas facultades. «Bien, pues allá tú...» Cuando se trató de poner nombre á la jaca, el muchacho, sonriendo, murmuró: «La llamaré Suriña».
Los afectos cardinales del alma humana dictan á veces rasgos de maravillosa inspiración: la señora había comprendido, iluminada por el amor maternal, que tratándose de un hombre de veinte años, y menor aún que su misma edad, no hay rival mejor contra una hembra que un caballo bonito. El caballo no es solamente distracción de un par de horas al día, sino ocu pación y preocupación constante, desde que amanece hasta que anochece. Enterarse de lo que come, y de si le roban ó no la cebada; ver si está limpio y se han practicado con él todas las operaciones de tocador—y el tocador de un caballo fino lleva casi tanto tiempo como el de una mujer primorosa; luego, esa comunicación afectiva que se establece entre el jinete que por vez primera disfruta el goce de un caballo, y el animal; esa ternura que nace de la posesión; ese trueque de monerías, el azúcar robado al almuerzo para ir á dárselo, el pan fresco escondido en el bolsillo del chaleco, la dicha que produce el relincho de júbilo del animal cuando su penetrante olfato y su delicada percepción le dicen que el amo se acerca con la golosina... Después, las inquietudes por la salud—un caballo ocasiona tantas como un niño chico.—«Señorito, esta jaca no sé qué tiene... hoy no ha comido el pienso. Le noto los ojos tristes.—Señorito, hoy la jaca no ha...» ¡Quién lleva lista de los innumerables achaquillos que puede padecer una jaca! Después de tan múltiples cuidados, aun queda otro orden de ellos, relacionados con lo que podemos llamar las galas de boda de la equitación: el galápago de la mejor piel de cerdo, crujiente, diminuto, mono; el sudadero de rico fieltro con cifras inglesas; los acerados estribos; la sutil cabezada, que deja lucir toda la gracia de la gentil cabeza; y para el jinete, el látigo de puño de plata cincelado; los guantes del Tirol; el ajustado calzón de punto; las botas muelles; la corbata con herraduras blancas sobre fondo gris... Todo distracción, todo embeleso en la encantadora luna de miel del muchacho con su jaca. ¡Y qué emoción al sacarla! ¡Qué vanidad al lucirla con los amigos! ¡Qué inexplicable deleite al pasearla en las frondosas arboledas de la Moncloa, al ver acercarse un carruaje en cuyo fondo se reclina una bella enlutada, y bajo la fascinación del mirar de la gentil desconocida, ostentar la montura, hacer piernas, caracolear y lucir su gallardía cubriéndola de espuma y sudor! ¡Qué placer ir variando de aires, ya el rítmico paso, ya el animado trote, ya el ardiente galope; y al halagar con cariñosa palmada el cuello del obediente bruto, sentirle resoplar de placer, estremeciéndose todos sus sensibles nervios y su vigorosa y enjuta musculatura, como talle de jovencilla al rodearlo el brazo de ágil pareja y disponerse al vals!
Indudablemente, lo de la jaca sí que había sido gran recurso é idea feliz, hija al fin de la experiencia, y muy superior á aquel ardid vulgar de echarse novia, que se ofreciera al candor de Rogelio como arbitrio soberano para curar su incipiente enfermedad amorosa. Ahora no necesitaba su madre pedirle que saliese, ni inventar pretextos con que echarle á la calle. Espontáneamente no hacía el chico más que ir y venir de su casa á la cuadra de la favorita. El invierno cejaba ya; los últimos días de Marzo eran, á pesar de la mala fama de este mes versátil, claros, templados y hermosos; y todas las tardes, desde las tres, salía Rogelio á gozar de los primeros soplos primaverales, ya solo, ya con amigos, ya con el picador, volviendo al anochecer dominado por una sana fatiga física, embriagado de aire puro, libre de molicies y malas sugestiones, penetrado de la alegría del paseo. Entre esta veta de actividad que su madre había descubierto, y el estudio, indispensable porque la época de los exámenes se acercaba amenazadora, ¿cuándo ni cómo había de encontrar tiempo de atender á la Esclava?
No por eso se dormía la madre, ni abandonaba el bien concebido plan de defensa. Un día, Don Gaspar Febrero, habiendo madrugado algo más que los otros tertulios, vino á quedarse á solas con la señora de Pardiñas, y según costumbre, trajo la conversación hacia Esclavitud, elogiándola de tan desatinada manera, que la señora sintió cierta desazón en los nervios.
—Pecisamente—dijo doña Aurora cuando el anciano la permitió meter baza:—tenía que indicarle á V., á propósito de esa chica... Pero prométame que me responderá con franqueza absoluta, como amigos viejos que somos ya.
—¡Pues no faltaba más! Mi simpática Aurora, ¿cuándo no?... ¿En qué puedo servirla?
—Verá V.... Una cosa que se me ha ocurrido aquí por la mañanas cuando estoy sin gente y el rapaz en clase... Como V. se va á quedar muy mal, creo yo... así que Felisa emprenda su gran viajata á Filipinas..., yo..., en mi deseo de que no eche V. tan de menos esos cuidados á que está acostumbrado ya... ¿no le parece á V.?
—Veamos, veamos. Siendo de V. la idea... V. discurre siempre muy juiciosamente, amiguita...
—Como me ha dicho V. tantas veces que le agrada el modo de servir de Esclavitud...