El gallardo anciano hizo un brioso movimiento de halagüeña sorpresa, afianzó sus espejuelos, se apoyó en la muleta, inclinándose hacia adelante; y desatentado, trémulo, sin acertar á formar los períodos, exclamó:
—Amiga, amiga, amiga... ¿Qué me dice V., qué me dice V....? ¿Ha reflexionado antes de hablar? ¡Desprenderse V. de ese tesoro! ¡de ese tesoro! Me llena V. de agradecimiento, sí, señor... pero en conciencia... no, no puedo consentir... ¡A dónde llega la amistad! Ahora lo veo, Aurora... No, pero yo no soy un egoista... No, V. no habrá meditado... ¿lo dice V. formal, formal?
Sintió la señora el aguijón del remordimiento ante esta gratitud extemporánea, y se dió prisa á añadir:
—Mire V., si sería conveniente para mí también; hasta para mí. Hay su parte de egoismo, Don Gaspar; no es todo virtud. Como este año proyecto llevar á Rogelio á que conozca nuestra tierra...
—Razón de más, amiguita, razón de más. No puede V. prescindir de una servidora semejante viajando. Están muy malos los tiempos... Ahora, con las Higinias que corren, ¿quién suelta una Esclavitud.... ¡ah! una Esclavita de esa marca! ¿V., V. lo ha pensado, lo que se dice pensar?
Al hablar así, Nuño Rasura pegaba saltos en su butaca, y hacía con la muleta el molinete. Sus ojos brillaban; su cuerpo se erguía como de un muchacho, y afanoso sobrealiento agitaba su esternón. «Dios nos asista» pensó doña Aurora: «á este señor le voy á tener que recoger del suelo con cucharilla.» Y como guardaba silencio aparentando hallarse conmovida por los argumentos del buen señor, éste añadió de pronto, con energía, á manera de niño que se deja convencer para tomar un juguete:
—Pero es decir... ya comprendo que la amiguita lo ha meditado bien, en el mero hecho de proponérmelo á mí. Conozco que tiene fundamento lo que V. alega: mucho, mucho, Aurora... viajando, se va mejor solo: el hijo con la mamá... claro, perfectamente. Pues por mí... basta que sea indicación de V.: acepto, acepto... ¿oye la amiguita? acepto.
Doña Aurora discurría: «Cierto que á veces irrita un trucha como Don Nicanor, que tiene la malicia por arrobas y es capaz de pensar mal de su propia madre; pero también estos inocentones, que nunca se enteran... vamos, hay días en que le ponen á uno los nervios como cuerdas de guitarra».
Vencidos ya los escrúpulos de Don Gaspar, él mismo combinó y desarrolló el plan de campaña: al ausentarse la hija, Esclavitud entraría á servir al padre en concepto de ama de llaves. El ochentón añadió, estregándose repetidas veces las manos:
—Que no se entere Candás... No quiero bromas inconvenientes.