Hubo una pausa, y, por último, la muchacha respondió con acento incoloro á fuerza de ser contenido:

—Si no corre mucha prisa, daré la contestación mañana ó pasado.

«Te veo», pensó la señora. «Tú quieres hablar antes con el niño. Bien, aquí estamos todos para lo que pueda ocurrir. En guardia me tienes, y de centinela. Por de pronto yo procuraré que no le cojas á tergo. Andaremos, como quien dice, barba sobre el hombro.» Sin embargo, aquella tarde no tuvo más recurso que salir,—contra su costumbre,—á despedir en la estación del Mediodía á Felisa Febrero, de esas pejigueras de sociedad que no se pueden rehuir y siempre caen en el momento más inoportuno. Rogelio también había salido á caballo; pero quizá por la necesidad de repasar las lecciones, más apremiante á medida que los exámenes se venían encima, hizo corto el paseo; y al entrar en su casa, aun animado de la correría, abanicándose con el hongo gris, y girando el látigo, fué cuando Esclavitud le agarró de la manga y le empujó casi hasta su despacho, acorralándole contra la mesa misma en que doña Aurora había ordenado por la mañana los ejércitos de plumas.

—¿Qué pasa, Suriña? ¿Qué tienes?

—¿No le decía yo que no iba á Galicia este año, ni en jamás? Su mamá me despide... Me deja en casa del señor de Febrero.

—Pero, ¿qué estás diciendo? A ver, á ver, cuenta...

La muchacha refirió lo que sabía. Sus ojos estaban secos, y sólo algo temblorosas su boca y barba. Su seno anhelaba precipitadamente, y en su modo de narrar y de explicarse, en aquella desesperada demanda de auxilio que hacía como náufrago que saca la cabeza por encima de las olas, había una vehemencia y un desorden que contrastaban con su habitual compostura, y que trastornarían á cualquiera aunque no tuviese los pocos años y la inexperiencia de Rogelio. Mientras balbucía «no, no puede ser, tú no te irás, qué tontería...», sus brazos ceñían involuntariamente el talle gentil de la muchacha, y el estremecimiento interior de deseo de hacía cuatro ó cinco meses renacía más brioso, infundiendo á su alma vigor para rebelarse, protestar y defender á la Esclavita como se defiende lo que nos pertenece y forma la substancia de nuestro vivir. «Pero vamos á ver, no entiendo cómo le ha entrado ese arrechucho á mamá... Por fuerza le han ido con algún chisme... ¿Y por qué, y de qué...? Nosotros ¿qué motivo hemos dado, Suriña? Si desde la enfermedad de mamá no nos hablamos casi: si tú ni pones aquí los piés... Es una cosa rarísima, y no ha de quedar así... Yo lo arreglaré; ¡qué habías de irte! No, hermosa...» Alentada y resucitada por estas promesas, Esclavitud se apretaba contra el corazón de su amigo, queriendo incrustarse en aquel refugio para que nadie la arrancase de allí; y Rogelio, con transporte juvenil é irresistible, la cubría de caricias, tratando de alzarle la cabeza para buscar sus labios. Tocaron á la campanilla, y la primera vez no oyó el repique ninguno de los dos. Al segundo, enérgico y airado, Esclavitud se estremeció, y, con movimiento simultáneo y brusco, se desunió la pareja. La muchacha se arregló el pelo, se ajustó temblando el pañuelo de seda que le rodeaba la garganta.

—Voy á abrir, que es la señora.

XXII

VIENDO á su hijo aquella noche, á la hora de comer, distraído, pálido y hasta un poco seco al hablar, la señora pensó al punto: «La tenemos armada. Ya se lo ha encajado aquella buena alhajita». También pescó al vuelo miradillas furtivas, azoradas y elocuentes; pero se aguantó, discurriendo para sí: «Según Don Nicanor, en este mundo hay que hacerse el tonto un cuarto de hora todos los días; ahora á mí me han doblado la ración, y tendré que hacerme la tonta algunos meses.» Hízose, pues, la tonta, como si no advirtiese el estado de su hijo, á quien preguntó con muchísimo interés noticias de la jaca y de la cochera, y de los habituales compañeros de sport. Así que se alzaron los manteles, sacó otra conversación muy socorrida y de palpitante actualidad, á saber: los exámenes. «Rapaz, allá para el miércoles ó jueves, me parece que te tocará el turno, de manera que esta semana me espera á mí un ajetreo regular... Porque la verdad es que con esos señores no sabe uno á qué carta quedarse. ¡Si todos fuesen como Contreras! Ese sabe ponerse en la razón. Sólo que este año todavía no te cae por banda Contreras. Con los demás es un lío; si se oye á unos y á otros, hay para marearse. Lastra quiere que le bajen la cabeza, que le rindan el tributo de la recomendación, y que todo el mundo tenga que agradecerle. Ruiz del Monte parece que es al contrario: si le hablan por un chico, le toma tirria, y le aprieta hasta reventarlo. Tú sabrás si es cierto; á mí me lo contó tu amigachillo Díaz, el que escribe romances... De Albirán se susurra otra cosa: que no desatiende recomendaciones, pero con su cuenta y razón, según de quien procedan... Lo más seguro será que repases, niño.»