—Ya repaso, mamá—contestó lacónicamente el estudiante.

Corrió la noche sin que se le pudiese sacar otra palabra. Revolvía las revistas ilustradas, los periódicos del día; los tomaba y los dejaba, cambiaba de asiento pasando del sillón al sofá y del sofá al sillón; suspiraba hondo, y, en fin, daba todas las señales de desazón posibles, sin cuidarse de que se viese, ó más bien pareciendo que deseaba lo advirtiese su mamá. Al fin, cuando ésta le dijo «¿no sales hoy á un actito á Lara?» exclamó con tono duro y resuelto:

—No; voy á acostarme. Me duele un poco la cabeza.

La señora le oyó taconear en el corredor y batir la puerta de su despacho.

—Lo dicho; la tenemos. Yo he cometido una falta grave. Debí no resolver este cotarro hasta pasados los exámenes, un par de días antes de la marcha... Ha sido una borricada mía. Ya se ve; el deseo de salir del atolladero prontito... Pues no; hay cosas que vale más llevarlas por sus pasos contados. Veremos si la puedo enmendar y dar tiempo al tiempo. Si no, voy á tener al rapaz desquiciado cuando más necesita la cabeza firme. Una prórroga... A ver si consigo encajárselo en la cabeza á Don Gaspar. Es fácil que sea más arduo hacer entrar en razón al viejo que al niño. ¡Qué complicaciones! Aquella falsona de Rita Pardo decía bien... Conviene mirar mucho á quién mete uno en su casa.

Hubo entonces en el pequeño drama doméstico, intimo, que ya tocaba á su desenlace, uno de esos entreactos, como treguas momentáneas, durante las cuales los actores, aparentando dedicarse á otros intereses ó distraídos efectivamente por ellos, no pierden de vista, sin embargo, el asunto capital, y viven, por decirlo así, en perpetua representación, guardando silencio acerca de lo que más ocupa su alma, sin que este silencio engañe á nadie. La señora atendía sólo á ganar días, calmando la impaciencia pueril de Don Gaspar Febrero con moratorias que justificaba la proximidad de los exámenes y la imposibilidad de quedarse en aquel momento sin doncella; Esclavitud aguardaba, ocultando en lo más profundo del pecho una esperanza tenaz, basada en las palabras y ofrecimientos de su amigo; y Rogelio, preocupado, agitado, acechaba inútilmente la ocasión de decir algo, ¡algo muy formal y en tono muy firme!, á su madre. La verdad ante todo; si la señora le facilitase esta ocasión, el estudiante se vería perdido para aprovecharla. A medida que pasaba tiempo, la dosis de valor atesorada en el primer instante iba disipándose como un frasco de esencia cuando queda destapado. Es indecible el pecho que necesita un buen hijo para ponerse frente á frente de una buena madre, y realizar un acto que en cierto modo le manumite, pero que le desgarra las fibras más íntimas del corazón. Tanto se unen y confunden el deber natural, la costumbre y hasta aquel disculpable egoísmo que nos aconseja entregarnos sin reserva en manos de quien más que á sí mismo nos ama, que el romper ese lazo constituye un acto de supremo vigor, uno de esos esfuerzos que quebrantan una voluntad si no es de acero bien templado. Contra un padre severo hay siempre energía; sus propios rigores entonan; pero una madre como la de Rogelio, que no había tenido más pensamiento que su hijo, que le había rodeado de tal solicitud, ahorrándole hasta el trabajo de discurrir y el esfuerzo de desear; una madre viuda, delicada de salud, y que había ejercitado el arte de adelantarse á los gustos de su hijo, consiguiendo así que la voluntad de éste no adquiriese nunca el temple recio que dan las privaciones y las luchas, era un adversario con quien Rogelio no tenía fuerzas para medirse. «Si ella misma sacase la conversación...», pensaba el estudiante. Pero ¡quiá! La verdad es que si ella la sacase... sería lo mismo. Lo único á que se atrevía era á la protesta muda, á hacerse unas veces el triste y otras el malhumorado y fosco. «Mamá, por no verme así, es capaz de cualquier cosa...», calculaba con su lógica de niño mimado. Sólo que mamá sabía distinguir de juguetes.

El incidente de los exámenes contribuyó á enflaquecer más todavía su resolución. Entre el repaso, los temores del mal éxito y las idas y venidas de los amigos que le traían, por decirlo así, relación del estado barométrico de las notas, Rogelio se encontró fuera del círculo mágico con que nos rodea la idea fija amorosa, y á no ser por un par de ojos verdes que de vez en cuando se fijaban en los suyos, hasta hubiese olvidado aquéllo, que, por raro fenómeno de óptica, le parecía todos los días menos inminente—siendo así que lo era más, pues la salida á Galicia estaba irremisiblemente señalada para después de los exámenes.

Y éstos llegaron, y se encontró Rogelio con dos asignaturas aprobadas; pero en una—la más ingrata y antipática para él—le cayó como una ducha fría un suspenso. «De estas calabazas ya sé yo quién tiene la culpa...», pensaba la madre, mirando al través de la puerta entornada á Esclavitud, que pasaba un plumero á los cuadros del saloncito. «En esto paran las guilladuras; pero, ¿qué le vamos á hacer? cada edad trae lo suyo. En Septiembre ganará lo que pierde ahora; bien joven es; con tal que esté sano... Y seamos justos; la jaca también me lo levantó de cascos en esta temporada última. Verdad que más vale así. De la primavera acá no me quejo. Bien se ha portado la jaquita... Merece una libra de azúcar.»

XXIII

LA última noche que la familia Pardiñas pasó en Madrid antes de marchar á su tierra, vino mucha gente á decirles adiós, y se formó una pequeña tertulia animada y sin etiqueta. A fines ya de Junio, el momento más hermoso para salir y buscar sociedad era realmente entre diez y once de la noche, cuando corre un sano aire fresco hasta por las abrasadas callejuelas del Madrid antiguo, del que ni tiene arbolado ni casi goza los beneficios del riego municipal. Bajaron las vecinas del segundo, sobrinas de un brigadier de ingenieros, y acudió también la marquesa viuda de Andrade, paisana de doña Aurora, señora guapetona y maja, bastante conocida en los círculos aristocráticos, y acostumbrada por consiguiente á recogerse tarde. La señora de Pardiñas, al encontrarse rodeada de visitas, se dedicó á agasajarlas lo mejor que pudo y supo, dejando girar libremente la conversación, que versaba sobre cosas del país donde iba á volver después de tantos años. La Marquesa, alegre y rozagante, habló de irse pronto á Vigo, y enseñó un brazalete nuevo, con zafiros y brillantes, dando á entender que había en él cierto misterio. «Esta anda otra vez con intenciones de maridar—pensó doña Aurora.—¿Quién será el galán? Dios se la depare buena.»