Rogelio había abandonado la reunión impensadamente, sin decir oxte ni moxte. La retirada no se le pasó por alto á su madre, pero sobre que no podía evitarla, descubrió otros motivos de resignarse: «Pocas son las malas fadas; al fin mañana nos vamos...» Esclavitud aún se le figuraba un peligro y un compromiso, pero ya muy remoto. «Mañana á estas horas estaremos cerca de Avila... ¡Cuándo oiré el silbato del tren!»

Se recogía Rogelio á su cuarto, impulsado por vagas esperanzas de ver á la chica, explicarle su actitud de aquellos días, y la imposibilidad de proceder de distinto modo, de evitar la marcha y de sublevarse. Presentía que Esclavitud, no desperdiciando la ocasión, vendría pronto; y á fin de que comprendiese que estaba allí, encendió luz con mucho derroche de fósforos y taconeo, abrió cajones é hizo chirriar dos ó tres veces la puerta. A llamarla no se atrevía por temor al fino oído de su madre, pues, según su frase paradójica é hiperbólica, «oía mejor que el sordo Candás».

No aguardó largo trecho. A los diez minutos tocaron á la puerta, y antes que dijese «adelante» entraba Esclavitud. La claridad del quinqué puesto sobre la mesa del despachillo que precedía á la alcoba y cuarto tocador del estudiante cayó sobre el rostro de la muchacha, y Rogelio observó mejor que nunca cómo en una quincena había empalidecido y se había demacrado, afinando y espiritualizando su tipo, que ahora podría servir de modelo para esas imágenes labradas en cera, donde se encierran los huesos de alguna mártir desconocida.

Rogelio se llegó á Esclava y le tomó la mano: ardía de calentura.

Sin decirse palabra, con unánime impulso, miraron alrededor, buscando un mueble en que sentarse reunidos. No lo había en el despachito, alhajado con un sitial y media docena de sillas; y sin reflexionar se refugiaron en la alcoda, donde Rogelio, cogiendo á la muchacha por el talle, la obligó á sentarse en la cama. Tampoco entonces hablaron hasta transcurrir un tiempo que no bajaría de cinco minutos. Rogelio apretaba y acariciaba aquella manecita algo endurecida por el trabajo y muy picada de la aguja, como queriendo comunicarle la frescura de sus palmas y quitarle el ardor de la fiebre. Pero no se le ocurría nada, sino las vulgaridades consoladoras de todas las despedidas; y al fin, pareciéndole raro callar más, se resolvió á emplear tan mala moneda.

—Suriña, tontiña, mujer, no me estés así... Mira, he reflexionado mucho; he cavilado más que tú. No se conseguiría nada con llevarle á mamá la contraria ahora. Le daríamos un disgusto muy grande; acaso se nos pondría enferma, pero no mudaría de resolución. Ten paciencia. Dentro de tres meses, ó menos aún, estamos de vuelta aquí, y nos veremos, porque en casa del señor de Febrero andarás mucho más libre que en ésta. Ya sabes que yo te he de querer siempre, boba. No me la pegues con el tierno Nuño Rasura. Anda, tontiña, paloma, no me estés así. Mira que me vas á poner muy triste.

Esclavitud no contestaba sino moviendo la cabeza negativamente, con obstinada melancolía. Luego respondió, en voz bastante entera:

—Alegre no puedo estar. Pero tampoco estoy triste. No se apure. Sólo que tengo la cabeza... así... como si me anduviese por dentro de ella una cosa mala.

—Mujer, ¡Suriña!

—Sí, señor. Yo estoy aquí, ¿eh? ¿Le estoy oyendo? ¿Le respondo? Pues estoy como si oyese á una persona... de allá, del otro mundo, que me habla.