—¡Válgame Dios!—exclamó el estudiante estremeciéndose.—Más quisiera que llorases. Si llorases no estarías tan maniática, Sura. Llora y desespérate, pero no digas esas cosazas.

—Yo lloro por dentro. Por fuera no. Ni una lágrima puedo echar. Ya estuve lo mismo otra vez, cuando murió mi padre—repuso apaciblemente la muchacha, sin que ni ella ni Rogelio subrayasen aquel nombre de padre que acaso por primera vez articulaba Esclavitud sin rebozo ni perífrasis.

—Hija, te encuentro algo enferma. ¡Ay, ay, ay! Tienes calentura. Las manos tuyas abrasan. Dame palabra de que mañana vas á ver á Sánchez del Abrojo.

—No, señor, no es enfermedad. Más buena no estuve nunca. Son avisos.

—Mujer, calla por Dios. Estás diciendo unos disparates...

Arrimó el rostro al de la muchacha y la besó tiernamente en las heladas mejillas, sin que ella hiciese movimiento de resistencia. Al contrario, pareció más conforme y adoptó un tono casi confidencial y franco para decir á su amigo las extravagancias siguientes:

—Rogelio, hay cosas que avisan los difuntos á los vivos; no le quepa duda. Tres días antes de morir mi padre, vi un pájaro grande, negro, al pié de mi cama. Ayer vi otra vez el pájaro: iba tan de prisa que no sé por dónde se escapó; pero lo vi, tan cierto como que aquí estamos. Yo no vuelvo nunca más á la tierra: nunca más. Ya se verá; y entonces ha de convencerse y dirá: «Esclavitud bien me lo avisaba». Si tuviese tan seguro un millón de onzas, ya estaría discurriendo dónde las iba á guardar para que no me las llevasen los ladrones. Esta noche...

Bajó mucho más la voz, y al oído de Rogelio murmuró:

—Un perro, en una casa de ahí al lado, estuvo hasta que amaneció ventando la muerte.

—¡Jesús, mujer!—exclamó Rogelio por segunda vez, ya fatalmente impresionado con aquella conversación extraña.—Tú estás loca ¿No ves, Suriña, que en Madrid se mueren ó agonizan cada noche infinitas personas? Figúrate: si los perros anunciasen todo eso, trabajo les mando. Se convertirían en cuarta plana de La Correspondencia. Lo que tienes, Sura, es que estás afectada porque nosotros nos vamos y tú te quedas. También yo ando hace muchos días disgustado con el viajecito. He pasado ratos feroces. Después he reflexionado... y... me parece que es mejor conformarse con esto de ahora, porque si alborotamos la enredaremos más. Suriña, tres meses. Dentro de noventa días (y aun puede que no tanto), me tienes aquí. Mi primer visita es para doña Sura. Anda, no estés así. Te quiero mucho, hermosa. Ya convenceremos á mamá. Todavía no me has dicho hoy que me querías. ¡Anda!...