Con el movimiento de un niño que pide halagos, acercó su mejilla á la boca de Esclavitud, y ésta, sin protesta alguna, como el que ejecuta una acción hija de la costumbre, puso en ella los labios. Estaban como las palmas, secos y ardientes, y á Rogelio le pareció que le arrancaban la piel, con sensación más bien dolorosa que placentera. Sólo que las caricias eran un recurso para que aquella última y penosa entrevista fuese algo menos intolerable, y el estudiante, á falta de razones que consolasen á la pobre abandonada, acudió á los halagos, sin que en el primer momento le animase otra intención menos limpia y noble. Corrió bastante tiempo—y él mismo no acertaría á explicar el por qué de esta tardanza, anómala si se examina bien lo incitante de la hora y sitio y la ceguera de los pocos años—antes que se le despertase una sed criminal y ardiente. Cuando la embriaguez le ofuscó, saltó de la cama y fué á dar vuelta á la llave de la lámpara, sin conseguir por eso obscuridad completa, pues un rayo de luna primaveral, entrando por la vidriera del despacho, lo bañaba en luz fantástica, azulada y soñadora. Al recobrar, entre la pálida penumbra, los labios donde la fuerza de la ilusión juvenil le movía á creer que se dejaba presa el alma á cada aspiración del aliento, ya no los soltó, ni acaso los soltaría aunque viese allí á su madre, que representaba para él el Deber, y el Deber amado, el único que se impone á las almas tiernas. Pero el recuerdo y la conciencia de ese Deber fué lo primero que acudió á su mente al despertarse, y corriendo á la puerta, escuchó, volvió azorado, y exclamó en tono suplicante:

—Suriña, Suriña, se me figura que oigo despedirse en el pasillo á la Marquesa... Si esa se va, es que no queda nadie... Mamá se cuela aquí derechamente, de fijo... A ver, á ver si puedes escurrirte con maña. Adiós, vé despacito, que no te sientan... ¿eh?

La muchacha obedeció pasiva, como en todo, sin reclamar, en la premura de su aquiescencia, ni el último abrazo. Rogelio volvió á encender la lámpara, cuya mecha igualó cuidadosamente. Corrió también la vidriera de la alcoba, y de pié ante el gran armario de luna, se atusó y se sacó la raya con un peinecillo. Después metió las manos en los bolsillos del pantalón y se miró un rato, atentamente, estudiando con curiosidad irreflexiva su propia cara; hablando con sus ojos en el espejo, como para convencerse de que, disipado aquel vértigo, la individualidad persistía, y no quedaba para siempre en su persona no sé qué de otra, una huella que no se podía borrar y que iba á delatarle. Luego, la imagen de su madre volvió á oprimirle el corazón; pero disipó instantáneamente sus recelos un arrebato de alegría nerviosa; y el neófito, corriendo á la ventana, la abrió, se dejó bañar por la pura atmósfera nocturna, y agarrado á los hierros de la ventana, respiró con avidez.

EPILOGO

ANTES faltaría el sol en los cielos, que Don Gaspar á las cuatro de la tarde con un cochecillo, para llevarse á casa su futura ama de llaves. Se le dijo que Esclavitud había salido ya en la misma dirección, y el viejo, con esta noticia, se metió otra vez en la berlina destartalada, mandando al cochero «que arrease bien.» La impaciencia no le permitía ir andando con su pata coja.

En los últimos momentos llamara doña Aurora á Esclavitud, poniéndole en las manos, amén de su salario, una buena propina, á cuyo obsequio añadió el de unos aretes con turquesas. «No quiero que se vaya descontenta. Cuidado que la noto desemblantada á la infeliz. Me parece que estaba encariñada de veras con el niño, por lo cual es cada vez más conveniente mi resolución. Me da lástima, y conozco que es una tontería que me la dé: ¡qué arrimo como el que encuentra! Le hago un favor grandísimo: lo que me tranquiliza es eso. Lleva una canonjía...»

Así y todo, la señora no podía reprimir cierta desazón, cierta amargura íntima, una lástima inmensa, que después tradujo por doloroso presentimiento. «Mire V. que compadecerla cuando estoy tan segura de que le he proporcionado lo que más podría desear una muchacha de su clase...» Y así lo creía en efecto la señora de Pardiñas. Como les sucede á muchas personas bondadosas incapaces de odiar y hacer daño, no quería reconocer que miraba ante todo á la conveniencia de su hijo, por más justo que le pareciese y en efecto fuese este móvil, y trataba de atribuir su conducta al interés de la misma Esclavitud.

La tranquilizó un poquillo oir en la cocina á Fausta que embromaba á Esclavitud cantándole sotto voce aquello de «Y hoy sirvo á un abuelo... que está chocho y lelo... y yo soy el ama...»

—Tiene razón Fausta. El ama será en casa del señor de Febrero. Como no lo sea de más...

Salía el tren de Galicia á las siete y treinta y cinco, y á esa hora tan bonita, precursora del anochecer, en el andén de la estación del Norte no cabía la multitud afanosa y regocijada de viajeros y de amigos que los despedían, envidiando éstos á los que se marchaban á ver tierras hermosas, respirar aire salino, gozar el fresco, vivir mejor, en clima templado y salubre, algunos meses. No había escenas tristes: no era el adiós del marinero, ni la partida del soldado, ni la nostálgica despedida del emigrante: los que se iban, excitados y gozosos; risueños en su dentera los que se quedaban... Sólo hacia el extremo del tren, á la portezuela de un coche de primera, se divisaba un grupo de cinco personas que trocaban abrazos prolongados; componíase de dos hombres, mozo el uno y el otro viejo ya, cabizbajos, pero erguidos de cuerpo, y tres señoras, dos jóvenes y una de pelo blanco, que aplicaban frecuentemente el pañuelo á los ojos enrojecidos. Dentro del vagón estaba un ama con niño de pecho. Laín Calvo se acercó á doña Aurora y le dijo señalando al grupo: