—¿Ve allí á los Rojas? Faroles hasta el fin, hasta la muerte. Al hijo me lo han vuelto á trasladar á Marineda por aquella historia consabida de farolerías con el ministro, y mas que sepa perecer de necesidad, viajará en primera por el decoro de su cargo. Tiene á la mujer otra vez embarazada... y bien adelantadita en meses. A otra traslación dice que dimitirá... Y á Rojas ya me lo pillaron, ¿no sabía? Recibió la jubilación hace una semana.
—¡Qué me dice V.!—exclamó con pena sincerísima la señora.—¡Válgame Dios! ¡Pobrecitos! Esa infeliz de Matilde Rojas, cuándo encontrará un hombre de bien que la quiera sin un cuarto de dote! Le digo á V. que todo el camino iré pensando en esta familia. ¡Qué mundo, Don Nicanor!
Doña Aurora intentó dirigirse al grupo y estrechar la mano de las señoras de Rojas: pero ya no era hacedero, porque sonaba la campana de aviso, bufaba la máquina, y corrían de un lado á otro las carretillas con equipajes facturados para cargarlos. Rogelio, desde el vagón, alargó la mano á su madre, que subió despacio, riendo porque se le había enganchado un volante en el estribo; y entre la primer arrancada del tren se perdió la voz de Laín Calvo que gritaba:
—¡Cuidado con las niñas de Vigo, Rogelín que son de rechupete, home!
El tren, oscilando con suavidad, activaba su marcha. Caía la tarde con serena magnificencia, y Rogelio, asomado á la ventanilla, creía divisar ya los frescos valles galaicos, los castaños frondosos, el azul festón de las rías orlando la tierra más bonita del mundo.
En cambio no vió, del otro lado del andén, á Esclavitud, que seguía con los ojos el tren hasta que se alejó grandioso y raudo. Cuando ya no fué posible columbrar ni un copo del penachillo de humo negro, la muchacha, estremeciéndose como si tuviese frío, retrocedió lentamente hacia la ciudad, bien resuelta á que el sol, que se ponía en aquel instante, no volviese á levantarse para ella nunca, nunca.
Dejemos á la infeliz, porque al cabo no podríamos quitárselo de la cabeza. Si consultamos sobre este drama á Don Gabriel Pardo, que es amigo de generalidades pedantescas y se paga de malas razones por el afán de pretender explicarlo todo, nos dirá que el extravío mental que conduce á la muerte voluntaria, es muy propio del sombrío humor de la raza céltica, esa gran vencida de la Historia: como si cada día y en cada provincia de España no trajese la prensa suicidios así.
FIN