Cuando ya salimos á atmósfera respirable, suspiré muy compungida.
—¡Ay, Dios mío!... Sin misa hoy...
—No se apure—me contestó mi acompañante—que yo oiré por V. aunque sea todas las gregorianas... Ya ajustaremos esa cuenta.
—A mí sí que me la ajustará el Padre Urdax tan pronto me eche la vista encima—pensaba para mis adentros mientras me tentaba el hombro, donde había recibido un codazo feroz de uno de aquellos cafres.
IV
DON Diego, que en el coche se me figuraba reservado y tristón, se volvió muy dicharachero desde que andábamos por San Isidro, justificando su fama de buena sombra. Sujetando bien mi brazo para que las mareas de gente no nos separasen, él no perdía ripio, y cada pormenor de los tinglados famosos le daba pretexto para un chiste, que muchas veces no era tal sino en virtud del tono y acento con que lo decía, porque es indudable que si se escribiesen las ocurrencias de los andaluces, no resultarían tan graciosas, ni la mitad, de lo que parecen en sus labios; al sonsonete, al ceceíllo y á la prontitud en responder, se debe la mayor parte del salero.
Lo peor fué que como allí no había más personas regulares que nosotros, y Pacheco se metía con todo el mundo y á todo el mundo daba cuerda, nos rodeó la canalla de mendigos, fenómenos, chiquillos harapientos, gitanas, buñoleras y vendedoras. El impulso de mi acompañante era comprar cuanto veía, desde los escapularios hasta los botijos, pero me cuadré.
—Si compra V. más, me enfado.
—¡Soniche! San acabao las compras. ¡Que san acabao digo! Al que no me deje en paz, le doy en igual de dinero, cañaso. ¿Tiene V. más que mandar?
—Mire V., pagaría por estar á la sombra un ratito.