—¿En la cárcel por comprometeora? Llamaremos á la pareja y verasté que pronto.

Ahora que reflexiono á sangre fría, caigo en la cuenta de que era bastante raro y muy inconveniente que á los tres cuartos de hora de pasearnos juntos por San Isidro, nos hablásemos don Diego y yo con tanta broma y llaneza. Es posible, bien mirado, que mi paisano tenga razón; que aquel sol, aquel barullo y aquella atmósfera popular obren sobre el cuerpo y el alma como un licor ó vino de los que más se suben á la cabeza, y rompan desde el primer momento la valla de reserva que trabajosamente levantamos las señoras un día y otro contra peligrosas osadías. De cualquier índole que fuese, yo sentía ya un principio de mareo cuando exclamé:

—En la cárcel estaría á gusto con tal que no hiciese sol... Me encuentro así... no sé cómo... parece que me desvanezco.

—Pero ¿se siente V. mala? ¿mala?—preguntó Pacheco seriamente, con vivo interés.

—Lo que se dice mala, no: es una fatiga, una sofocación... Se me nubla la vista.

Echóse Pacheco á reir y me dijo casi al oído:

—Lo que V. tiene ya lo adivino yo, sin necesidad de ser sahorí... V. tiene ni más ni menos que... gasusa.

—¿Eh?

—Debilidad, hablando pronto... ¡Y no es V. sola!.. yo hace rato que doy las boqueás de hambre. ¡Si debe de ser mediodía!

—Puede, puede que no se equivoque V. mucho. A estas horas suelen pasearse los ratoncitos por el estómago... Ya hemos visto el Santo; volvámonos á Madrid y podrá V. almorzar, si gusta acompañarme...