—No, señora... Si eso que V. discurre es un pueblo. Si lo que vamos á haser es almorsá en una fondita de aquí. ¡Que las hay...!
Se llevó los dedos apiñados á la boca y arrojó un beso al aire, para expresar la excelencia de las fondas de San Isidro.
Aturdida y todo como me encontraba, la idea me asustó; me pareció indecorosa y vi de una ojeada sus dificultades y riesgos. Pero al mismo tiempo, allá en lo íntimo del alma, aquellos escollos me la hacían deliciosa, apetecible, como es siempre lo vedado y lo desconocido. ¿Era Pacheco algún atrevido, capaz de faltarme si yo no le daba pié? No por cierto; y el no darle pié quedaba de mi cuenta. ¡Qué buen rato me perdía rehusando! ¿Qué diría Pardo de esta aventura si la supiese? Con no contársela... Mientras discurría así, en voz alta me negaba terminantemente... Nada, á Madrid de seguida.
Pacheco no cejó, y en vez de formalizarse, echó á broma mi negativa. Con mil zalamerías y agudezas, ceceando más que nunca, afirmó que espicharía de necesidad si tardase en almorzar arriba de veinte minutos.
—Que me pongo de rodillas aquí mismo...—exclamaba el muy truhán.—Ea, un sí de esa boquita... ¡Usted verá el gran almuerso del siglo! Fuera escrúpulos... ¿Se ha pensao V. que mañana voy yo á contárselo á la señá duquesa de Sahagún? A este probetico..., ¡una limosna de armuerso!.
Acabó por entrarme risa y tuve la flaqueza de decir:
—Pero... ¿y el coche que está aguardando allá abajo?
—En un minuto se le avisa... Que se procure cochera aquí... Y si no, que se vuelva á Madrid hasta la puesta del sol... Espere V., buscaré alguno que lleve el recao... No la he de dejar aquí solita pa que se la coma un lobo; eso sí que no.
Debió de oirlo un guindilla que andaba por allí ejerciendo sus funciones, y en tono tan reverente y servicial como bronco lo usaba para intimar á la gentuza que se desapartase, nos dijo con afable sonrisa:
—Yo aviso, si justan... ¿Dónde está ó coche? ¿Cómo le llaman al cochero?