—Este no es de mi tierra, ni nada. ¿De qué parte de Galicia?—pregunté al agente.

—Desviado de Lujo tres légoas, á la banda de Sarria, para servir á vusté—explicó él, y los ojos le brillaron de alegría al encontrarse con una paisana.—«¿Si éste me conocerá por conducto de la Diabla?»—pensé yo recelosa; pero mi temor sería infundado, pues el agente no añadió nada más. Para despacharle pronto, le expliqué:

—¿Ve aquella berlina con ruedas encarnadas..., cochero mozo, con patillas, librea verde? Allá abajo... Es la octava en la fila.

—Bien veo, bien.

—Pues va V.—ordenó Pacheco—y le dice que se largue á Madrí con viento fresco, y que por la tardesita vuerva y se plantifique en el mismo lugar. ¿Estamos, compadre?

Noté que mi acompañante extendía la mano y estrechaba con gran efusión la del guindilla; pero no sería esta distinción lo que tanto le alegró la cara á mi conterráneo, pues le vi cerrar la diestra deslizándola en el bolsillo del pantalón, y entreoí la fórmula gallega clásica:

—De hoy en cien años.

Libre ya del apéndice del carruaje, por instinto me apoyé más fuerte en el brazo de Don Diego, y él á su vez estrechó el mío como ratificando un contrato.

—Vamos poquito á poco subiendo al cerro... Animo y cogerse bien.

El sol campeaba en mitad del cielo, y vertía llamas y echaba chiribitas. El aire faltaba por completo; no se respiraba sino polvo arcilloso. Yo registraba el horizonte tratando de descubrir la prometida fonda, que siempre sería un techo, preservativo contra aquel calor del Senegal. Mas no se veía rastro de edificio grande en toda la extensión del cerro, ni antes ni después. Las únicas murallas blancas que distinguí á mi derecha eran las tapias de la Sacramental, á cuyo amparo descansaban los muertos sin enterarse de las locuras que del otro lado cometíamos los vivos. Amenacé á Pacheco con el palo de la sombrilla: