—¿Y esa fonda? ¿Se puede saber hasta qué hora vamos á andar buscándola?

—¿Fonda?—saltó Pacheco como si le sorprendiese mucho mi pregunta.—¿Dijo V. fonda? El caso es... Mardito si sé á qué lado cae.

—¡Hombre..., pues de veras que tiene gracia! ¿No aseguraba V. que había fondas preciosas, magníficas? ¡Y me trae V. con tanta flema á asarme por estos vericuetos! Al menos entérese... Pregunte á cualquiera, ¡al primero que pase!

—¡Oigasté... cristiano!

Volvióse un chulo de pelo alisado en peteneras, manos en los bolsillos de la chaquetilla, hocico puntiagudo, gorra alta de seda, estrecho pantalón y viciosa y pálida faz; el tipo perfecto del rata, de esos mocitos que se echa uno á temblar al verlos, recelando que hasta el modo de andar le timen.

—¿Hay por aquí alguna fonda, compañero?—interrogó Pacheco alargándole un buen puro.

—Se estima... Como haber fondas, hay fondas: misté por ahí too alredor, que fondas son; pero tocante á fonda, vamos, según se ice, de comías finas, pala gente é aquel, me pienso que no hallarán ustés conveniencia; digo, esto me lo pienso yo; ustés verán.

—No hay más que merenderos, está visto—pronunció Pacheco bajo y con acento pesaroso.

Al ver que él se mostraba disgustado, yo, por ese instinto de contradicción humorística que en situaciones tales se nos desarrolla á las mujeres, me manifesté satisfecha. Además, en el fondo, no me desagradaba comer en un merendero. Tenía más carácter. Era más nuevo é imprevisto, y hasta menos clandestino y peligroso. ¿Qué riesgo hay en comer en un barracón abierto por todos lados donde está entrando y saliendo la gente? Es tan inocente como tomar un vaso de cerveza en un café al aire libre.

V