—Hay que disimular—pensé.—Que Pacheco no se entere... ¡Virgen, y qué vergüenza si lo nota!... Volver á Madrid corriendo... ¡Quiá! El movimiento del coche me pierde, me acaba, de seguro... Aire, aire... ¡Si hubiese un rincón donde librarse de este gentío!
O Pacheco leyó en mis pensamientos, ó coincidió conmigo en sensaciones, pues se inclinó y en el tono más cariñoso y deferente murmuró á mi oído:
—Hace aquí un calor intolerable... ¿Verdad que sí? ¿Quiere V. que salgamos? Daremos una vueltecita por la pradera y la alameda; estará más despejado y más fresco.
—Vamos—respondí fingiendo indiferencia, aunque veía el cielo abierto con la proposición.
VII
SALIMOS de la barraca y bajamos del cerro á la alameda, siempre empujados y azotados por la ola del gentío, cuyas aguas eran más densas según iba acercándose la noche. Llegó un momento en que nos encontramos presos en remolino tal, que Pacheco me apretó fuertemente el brazo y tiró de mí para sacarme á flote. Me latían las sienes, se me encogía el corazón y se me nublaban los ojos: no sabía lo que me pasaba: un sudor frío bañaba mi frente. Forcejeábamos deseando romper por entre el grupo, cuando nos paró en firme una cosa tremenda que se apareció allí, enteramente á nuestro lado: un par de navajas desnudas, de esas lenguas de vaca con su letrero de si esta víbora te pica no hay remedio en la botica, volando por los aires en busca de las tripas de algún prójimo. También relucían machetes de soldados, y se enarbolaban garrotes, y se oían palabras soeces, blasfemias de las más horribles... Me arrimé despavorida al gaditano, el cual me dijo á media voz:
—Por aquí... No pase V. cuidado... Vengo prevenido.
Le vi meter la mano en el bolsillo derecho del chaleco y asomarse á él la culata de un revólver: vista que redobló mi susto y mis esfuerzos para desviarme. No nos fué difícil, porque todo el mundo se arremolinaba en sentido contrario, hacia el lugar de la pendencia. Pronto retrocedimos hasta la alameda, sitio relativamente despejado. Allí y todo continuaban mis ilusiones marítimas dándome guerra. Los carruajes, los carros de violín, los ómnibus, las galeras, cuantos vehículos estaban en espera de sus dueños, me parecían á mí embarcaciones fondeadas en alguna bahía ó varadas en la playa, paquetes de vapor con sus ruedas, quechemarines con su arboladura. Hasta olor á carbón de piedra y á brea notaba yo. Que sí, que me había dado por la náutica.
—¿Vámonos á la orilla... allí, donde haya silencio?—supliqué á Pacheco.—¿Donde corra fresquito y no se vea un alma? Porque la gente me mar...
Un resto de cautela me contuvo á tiempo, y rectifiqué: