—Me fatiga.

—¿Sin gente? Dificilillo va á ser hoy... Mire V.—Y Pacheco señaló, extendiendo la mano.

Por la praderita verde, por las alturas peladas del cerro, por cuanta extensión de tierra registrábamos desde allí, bullía el mismo hormigueo de personas, igual confusión de colorines, balanceo de columpios, girar de tíos vivos y corros de baile.

—Hacia allá—murmuré—parece que hay un espacio libre...

Para llegar adonde yo indicaba, era preciso saltar un vallado, bastante alto por más señas. Pacheco lo salvó, y desde el lado opuesto me tendió los brazos. ¡Cosa más particular! Pegué el brinco con agilidad sorprendente. Ni notaba el peso de mi cuerpo; se había derogado para mí la ley de gravedad: creo que podría hacer volatines. Eso sí, la firmeza no estaba en proporción con la agilidad, porque si me empujan con un dedo, me caigo y boto como una pelota.

Atravesamos un barbecho, que fué una serie de saltos de surco á surco, y por senderos realmente solitarios fuimos á parar á la puerta de una casuca que se bañaba los piés en el Manzanares. ¡Ay, qué descanso! Verse uno allí casi solo, sin oir apenas el estrépito de la romería, con un fresquito delicioso venido de la superficie del agua, y con la media obscuridad ó al menos la luz tibia del sol que iba poniéndose... ¡Alabado sea Dios! Allá queda el tempestuoso Océano con sus olas bramadoras, sus espumarajos y sus arrecifes, y héteme al borde de una pacífica ensenada, donde el agua sólo tiene un rizado de onditas muy mansas que vienen á morir en la arena sin meterse con nadie...

¡Dale con el mar! ¡Mire V. que es fuerte cosa! ¿Si continuará aquello? ¿Si...?

A la puerta de la casuca asomó una mujer pobremente vestida y dos chiquillos harapientos, que muy obsequiosos me sacaron una silla. Sentóse Pacheco á mi lado sobre unos troncos. Noté bienestar inexplicable, y me puse á mirar cómo se acostaba el sol, todo ardoroso y sofocado, destellando sus últimos resplandores en el Manzanares. Es decir, en el Manzanares no: aquello se parecía extraordinariamente á la bahía viguesa. La casa también se había vuelto una lancha muy airosa que se mecía con movimiento insensible: Pacheco, sentado en la popa, oprimía contra el pecho la caña del timón, y yo, muellemente reclinada á su lado, apoyaba un codo en su rodilla, recostaba la cabeza en su hombro, cerraba los ojos para mejor gozar del soplo de la brisa marina que me abanicaba el semblante... ¡Ay madre mía, qué bien se va así!... De aquí al cielo...

Abrí los párpados... ¡Jesús, qué atrocidad! Estaba en la misma postura que he descrito, y Pacheco me sostenía en silencio y con exquisito cuidado, como á una criatura enferma, mientras me hacía aire, muy despacio, con mi propio pericón...

No tuve tiempo de reflexionar en situación tan rara. No me lo permitió el afán, la fatiga inexplicable que me entró de súbito. Era como si me tirasen del estómago y de las entrañas hacia afuera con un garfio para arrancármelas por la boca. Llevé las manos á la garganta y al pecho, y gemí: