El cuerpo y el alma se sosegaban á la par, y gracias á tan saludable reacción, aquello se le figuraba á Asís una especie de pesadilla, un cuento fantástico.

Pero obtenido este estado de calma tan necesario á sus nervios, empezó la dama á notar, hacia eso de las diez, que se aburría ferozmente, por todo lo alto, y que le entraban ya unas ganas de dormir, ya unos impulsos de tomar el aire, que se revelaban en prolongados bostezos y en revolverse en la butaca como si estuviese tapizada de alfileres punta arriba. Tanto, que las Cardeñosas lo percibieron, y con su inalterable bondad comenzaron á ofrecerla otro sillón de distinta forma, el rincón del sofá, una silla de rejilla, un taburetito para los piés, un cojín para la espalda.

—No os incomodéis... Mil gracias... Pero si estoy perfectamente.

Y no atreviéndose á mirar el suyo, echaba un ojo al reloj de sobremesa, un Apolo de bronce dorado, de cuya clásica desnudez ni se habían enterado siquiera las Cardeñosas, en cuarenta años que llevaba el dios de estarse sobre la consola del salón en postura académica, con la lira muy empuñada. El reloj... por supuesto, se había parado desde el primer día, como todos los de su especie. Asís quería disimular, pero se le abría la boca y se le llenaban de lágrimas los ojos; abanicábase estrepitosamente, contestando por máquina á las interrogaciones de las tías acerca de la salud de su niña y los proyectos de veraneo, inminentes ya. Las horas corrían, sin embargo, derramando en el espíritu de Asís el opio del fastidio... Cada rodar de coches por la retirada calle en que habitaban las Cardeñosas, le producía una sacudida eléctrica. Al fin hubo uno que paró delante de la casa misma... ¡Bendito sea Dios! Por encanto recobró la dama su alegría y su amabilidad de costumbre, y cuando la criada vino á decir:—«Está el coche de la señora Marquesa»,—tuvo el heroismo de responder con indiferencia fingida:

—Gracias, que se aguarde.

A los dos minutos, alegando que había madrugado un poco, arrimaba las mejillas al pálido pergamino de la de sus tías, daba un glacial beso al aire y bajaba la escalera repitiendo:

—Sí..., cualquier día de estos... ¡Qué! Si he pasado un rato buenísimo... ¿Mañana sin falta... eh? las papeletas de los Asilos. Mil cosas al Padre Urdax.

Al tirar de la campanilla en su casa, tuvo una corazonada rarísima. Las hay, las hay, y el que lo niegue es un miope del corazón, que rehusa á los demás la acuidad del sentido porque á él le falta. Asís, mientras sonata el campanillazo, sintió un hormigueo y un temblor en el pulso, como si semejante tirón fuese algún acto muy importante y decisivo en su existencia. Y no experimentó ninguna sorpresa, aunque sí una violenta emoción que por poco la hace caerse redonda al suelo, cuando en vez de la Diabla ó del criado vió que le abría la puerta aquel pillo, aquel grandiosísimo truhán.

XI

LO bueno fué que la dama, lejos de mostrar extrañeza, saludó á Pacheco como si el encontrarle allí á tales horas le pareciese la cosa más natural del mundo, y, recíprocamente, Pacheco empleó también con ella todas las fórmulas de cortesía acostumbradas cuando un caballero se dirige á una señora de cumplido, respetable, ya que no por sus años, por su carácter y condición. Se hizo atrás para dejarla pasar, y al seguirla al saloncito de confianza, donde ardía sobre la mesa de tijera la gran lámpara con pantalla rosa velada de encaje, se quedó próximo á la puerta y en pié, como el que espera una orden de despedida.