—Siéntese V., Pacheco...—tartamudeó la señora, bastante aturrullada aún.

El gaditano no se sentó, pero adelantó despacio, como receloso; parecía, por su continente, algún hombre poco avezado á sociedad: pero este aspecto, que Asís atribuyó á hipocresía refinada, contrastaba de un modo encantador con la soltura de su cuerpo y modales, la elegancia no estudiada de su vestir, la finura de su chaleco blanquísimo, su tipo de persona principal. Viéndole tan contrito, Asís se rehizo y cobró ánimos.—«Gran ocasión de leerle la cartilla al señorito éste: ¿conque muy manso y fingiéndose arrepentido, eh? Ahora lo verás...»—Porque la dama, en su inexperiencia, se había figurado que su compañero de romería iba á entrar hecho un sargento, y á las primeras de cambio la iba á soltar un abrazo furibundo ó cualquier gansada semejante... Pero ya que gracias á Dios se manifestaba tan comedido, bien podía la señora acusarle las cuarenta. Y Asís abrió la boca y exclamó:

—Conque V. aquí... Yo quisiera... yo...

El gaditano se acercó todavía más, hasta ponerse al lado de la dama, que seguía en pié junto á la mesa. La miró fijamente y luego pronunció como el que dice la cosa más patética del mundo:

—A mi va V. á regañarme too lo que guste... A los criados, ni chispa... La culpa es mía toa. Un cuarto de hora de conversación con la chica me ha costao el entrar. Hasta requiebros la he soltao. Y na, ni por esas. Al fin la dije... que vamos, que ya sabía V. que yo vendría y que para recibirme á mí se quería V. negar á los demás. Ríñame V., que lo meresco too.

Estas enormidades las murmuró con tono quejumbroso y lánguido, con los ojos mortecinos y un aire de melancolía que daba compasión. Asís, así al pronto se quedó de una pieza, después se la deshizo el nudo de la garganta y las palabras le salieron á borbotones. Ea..., ahí va... Ahora sí que me desato...

—Sí señor, que merece V.... Pues hombre... me pone V. en berlina con mis criados... ¡Por eso se escondieron cuando yo entraba... y le dejan á V. que abra la puerta! ¡Gandules de profesión! A la Angelita yo le diré cuántas son cinco... Y lo que es á Perfecto... Alguno podrá ser que no duerma en casa esta noche... Los enemigos domésticos... Aguarde V., aguarde V.... Estas jugadas no me las hacen ellos á mí... ¡Habrase visto! ¡Para esto los trata uno del modo que los trata! ¡Para que le vendan á las primeras de cambio!

Comprendía la misma señora que se ponía algo ordinaria chillando y manoteando así, y lo peor de todo, que era predicar en desierto, pues ni siquiera podían oirla desde la cocina; además, Pacheco, en vez de asustarse con tan caliente reprimenda, pareció que recobraba los espíritus, se llegó más, y bajando la cabeza, acarició las sienes de la enojada. Esta se echó atrás, no tan pronto que ya no la sujetase blandamente por la cintura un brazo del gaditano y que éste no balbuciese á su oído:

—¿A qué te enfadas con los criados, chiquilla? ¿No te he dicho que no tienen culpa? Mira, esa chica que te sirve, vale un Perú. Te quiere bien. La daba dinero y no lo admitió ni hecha peazos. Dijo que con tal que tú no la riñeses... Ahora si gritas se armará un escándalo... Pero me iré cuando tú lo mandes. Que sí me iré, nena...

Al anunciar que se iba, se sentó en el sofá-diván, obligando á la señora á sentarse también. Esta notaba una turbación que ya no se parecía á la pseudo-cólera de antes, y por lo bajo, murmuraba: