—Pero que siempre han de entender al revés cuanto se les manda... Estoy, Pardo, estoy visible... Entre V.... Qué tienen que ver las órdenes que se dan así, en general, para la gente de cumplido... Haga V. el favor de pasar aquí...
Gabriel entró. La sala estaba tan simpática, tan tentadora, tan fresca como la víspera; la pantalla de encaje filtraba la misma luz rosada y ensoñadora; en un talavera de botica se marchitaba un ramo de lilas y rosas blancas. Tropezó el pié del comandante, al ir á sentarse en su butaca de costumbre, con un objeto medio oculto en las arrugas del tapiz turco arrojado ante el diván. Se bajó y recogió del suelo el estorbo, maquinalmente. Asís extendió la mano, y á pesar de lo muy distraído y sonámbulo que era Gabriel, no pudo menos de observar la agitación de la dama al recobrar la prenda, uno de esos tarjeteros sin cierre, de cuero inglés, con dos iniciales de plata enlazadas, prenda evidentemente masculina. Por un instinto de discreción y respeto, Gabriel se hizo el tonto y entregó su hallazgo sin intentar ver la cifra.
—Pues me habían dado un susto ese Imperfecto y esa Diabla...—murmuró tratando de disimular mejor la sorpresa.—Están en Belén... ¿Se había V. negado, sí ó no?
—Le diré á V.... Di una orden... Claro que con V. no rezaba; bien ha visto V. que le llamé...—alegó la señora con acento contrito, cual si se disculpase de alguna falta gorda, y muy inmutada, aunque esforzándose también en no descubrirlo.
—¿Y qué es ello? ¿Jaqueca?
—Sí..., bastante incómoda. (Asís se llevó la mano á la sien.)
—Entonces le voy á dar V. la noche si me quedo. La dejaré á V. descansar... En durmiendo se pasa.
—No, no, qué disparate... No se va V. Al contrario...
—¿Cómo que al contrario? Ruego que se expliquen esas palabras—exclamó el comandante, aprovechando la ocasión de bromear para que se le quitase á Asís el sobresalto.
—Se explicarán... Significan que va V. á acompañarme por ahí fuera un ratito... A dar una vuelta á pié. Me conviene esparcirme, tomar el aire...