—Iremos á un teatrillo... ¿Quiere V.? Dicen que es muy gracioso El padrón municipal, en Lara.
—Teatrillo..., ¿calor, luces, gente? V. pretende asesinarme. No: si lo que me pide el cuerpo es ejercicio. Así, conforme estoy, sin vestirme... Me planto un abrigo y un velo... Me calzo... y jala.
—A sus órdenes.
Cuando salieron á la calle, Asís suspiró, aliviada, y con el impulso de su andar señaló la dirección del paseo.
El barrio de Salamanca, á trechos, causa la ilusión gratísima de estar en el campo: masas de árboles, ambiente oxigenado y oloroso, espacio libre, y una bóveda de firmamento que parece más elevada que en el resto de Madrid.
La noche era espléndida, y al levantar Asís la cabeza para contemplar el centelleo de los astros, se le ocurrió, por decir alguna cosa, compararlos á las joyas que solía admirar en los bailes.
—Aquellas cuatro estrellitas seguidas parecen el imperdible de la marquesa de Riachuelo... cuatro brillantazos que le dejan á uno bizco. Esa constelación... ¡allí, hombre, allí! hace el mismo efecto que la joya que le trajo de París su marido á la Torres-Nobles... Hasta tiene en medio una estrellita amarillenta, que será el brillante brasileño del centro. Aquel lucero tan bonito, que está solo...
—Es Venus... Tiene algo de emblemático eso de que Venus sea tan guapa.
—V. siempre confundiendo lo humano y lo divino...
—No, si la mezcolanza fué V. quien la armó comparando los astros á las joyas de sus amiguitas. ¡Qué hermoso es el cielo de Madrid!—añadió después de breve silencio.—En esto tenemos que rendir el pabellón, paisana. Nuestro suelo es más fresco, más bonito; pero la limpieza de esta atmósfera... Allá hay que mirar hacia abajo, aquí hacia arriba.