Callaron un ratito.
En aquel dosel azul sembrado de flores de pedrería, Asís y el comandante veían la misma cosa, un tarjetero de piel inglesa, y como por magnética virtud, sentían al través de sus brazos, que se tocaban, el mutuo pensamiento.
Hallábanse al final del Prado, enteramente desierto á tales horas, con sus sillas recogidas y vueltas. Se escuchaba el murmurio monótono de la Cibeles, y allá en el fondo del jardincillo, tras las irregulares masas de las coníferas, destacaba el Museo su elegante silueta de palacio italiano. No pasaba un alma, y la plazuela de las Cortes, á la luz de sus faroles de gas, parecía tan solitaria como el Prado mismo.
—¿Subimos hacia la Carrera?—interrogó Pardo.
—No, paisano... ¡Ay Jesús! A los dos pasos nos encontrábamos algún conocido, y mañana..., chi, chi, chi..., cuentecito en casa de Sahagún ó donde se les antojase. Bajemos hacia Atocha.
—Y V. ¿por qué da á eso tanta importancia? ¿Qué tiene de particular que salga V. á tomar el fresco en compañía de un amigo formal? Cuidado que son majaderas las fórmulas sociales. Yo puedo ir á su casa de V. y estarme allí las horas muertas sin que nadie se entere ni se ocupe, y luego, si salimos reunidos á la calle media hora... cataplum.
—Qué manía tiene V. de ir contra la corriente... Nosotros no vamos á volver el mundo patas arriba. Dejarlo que ruede. Todo tiene sus por qués, y en algo se fundan esas precauciones ó fórmulas, como V. les llama. ¡Ay! ¡Qué fresquito tan hermoso corre!
—¿Está V. mejor?
—Un poco. Me da la vida este aire.
—¿Quiere V. sentarse un rato? El sitio convida.