Sí que convidaba el sitio, á la vez acompañado y solo: unos anchos asientos de piedra que hay delante del Museo, á la entrada de la calle de Trajineros, la cual si por su gran proximidad á la plazuela de las Cortes resulta céntrica y decorosa, á semejante hora compite en lo desierta con el despoblado más formidable de Castilla. Las acacias prodigaban su rica esencia, y si el comandante tuviese propósito de declarar á la señora algún atrevido pensamiento, nunca mejor. No sería así, porque después de tomar asiento se quedaron mudos ella y él; Asís, además de muda, estaba cabizbaja y absorta.

No es posible que esta clase de pausas se establezcan en una entrevista á solas de hombre y mujer, en tales sitios y horas, sin producirles á los dos un estado de ánimo singular, á la vez atractivo y embarazoso. El comandante limpió sus quevedos, operación que verificaba muy á menudo, volvió á calárselos, y salió por la puerta ó por la ventana, juzgando que la señora desearía explayarse.

—A mí no me la pega V. con jaquecas, Paquita... V. tiene algo... alguna cosa que la preocupa en gordo... No se me alarme V.: ya sabe que somos amigos viejos.

—Pero si no tengo nada... ¡Qué ocurrencia!

—Mejor, señora, mejor, celebro que sea así,—dijo Don Gabriel retrocediendo discretamente.—Yo, en cambio, le podría confiar á V. penas muy grandes..., cosas raras.

—¿Lo de la sobrina?—preguntó Asís con curiosidad, pues ya dos ó tres veces en conversación familiar habían aludido de rechazo á ese misterio de la vida de Don Gabriel.

—Sí; al menos la parte mía..., lo que me toca..., eso puedo contárselo á V. Sabe Dios cómo lo glosa la gente.—(Pardo se alzó el sombrero, porque tenía las sienes húmedas de sudor.)—Creo que se dice que la pobrecilla me detestaba y que por librarse de mi entró en un convento de novicia... Falso. No me detestaba, y es más: me hubiese querido con toda su alma á la vuelta de poco tiempo... Sólo que ella misma no acertó á descifrarlo. Cuando me conoció, estaba comprometida con otro hombre... cuya clase... no... En fin, que no podía aspirar á ser su marido. Y al convencerse de esto, la infeliz muchacha pensó que se acababa el mundo para ella y que no tenía más refugio que el convento, ¡Ay, Paquita! ¡Si supiese V. qué ratos... qué tragedia! Es asombroso que después de ciertos acontecimientos pueda uno volver á vivir como antes..., y vaya á tertulias y se chancee, y mire otra vez á las mujeres, y le agraden, sí..., como me agrada V., por ejemplo..., y no lo eche V. á mala parte, que no soy pretendiente importuno, sino amigo de verdad. Ya sabe V. cómo digo yo las cosas.

Oía la dama la voz del artillero y al par otra interior que zumbaba confusamente:

—Confíale algo..., al menos indícale tu situación... Ideas estrafalarias las tiene, y á veces es poco práctico, pero es leal... No corres peligro, no... Así te desahogarás... Tal vez te aconseje bien. Anda, boba... ¿No hace él confianza de ti? Además... no creas que callando le engañas... ¡Quítale ya la escama del tarjetero!

A pesar de las excitaciones de la voz indiscreta, la señora, en alto, decía tan sólo: