—¿Con que la chica le quería á V. algo? ¿Sin saberlo? ¡Eso es muy particular! ¿Y cómo lo explica V.?
—¡Ay, Paquita! He renunciado á explicar cosa alguna... No hay explicación que valga para los fenómenos del corazón. Cuanto más se quieren entender, más se obscurecen. Hay en nosotros anomalías tan raras, contradicciones tan absurdas... Y á la vez cierta lógica fatal. En esto de la simpatía sexual, ó del amor, ó como V. guste llamarle, es en lo que se ven mayores extravagancias. Luego, á los caprichos y las desviaciones y los brincos de esta víscera que tenemos aquí, sume V. la maraña de ideas con que la sociedad complica los problemitas psicológicos. La sociedad...
—Contigo tengo la tema, morena...—interrumpió Asís festivamente.—V. le echa á la sociedad todas las culpas. Ahí que no duele. Ya no sé como tiene espaldas la infeliz.
—Pues, figúrese V., paisana. Como que de mi tragedia únicamente es responsable la sociedad. Por atribuir exagerada importancia á lo que tiene mucha menos ante las leyes naturales. Por hacer lo principal de lo accesorio. En fin, punto en boca. No quiero escandalizarla á V.
—Paisano... Pero si me da mucha curiosidad eso que iba Vd. diciendo... No me deje á media miel... Todas las cosas pueden decirse, según como se digan. No me escandalizaré, vamos.
—Bien, siendo así... Pero ya no sé en que estábamos... ¿V. se acuerda?
—Decía V. que lo principal y lo accesorio... Eso será alguna herejía tremenda, cuando no quiso V. pasar de ahí.
—Sí, señora... Verá V. la herejía... Yo llamo accesorio á lo que en estas cuestiones suele llamarse principal... ¿Se hace V. cargo?
Asís no respondió, porque pasaba un mozalbete silbando un aire de zarzuela y mirando de reojo y con malicia al sospechoso grupo. Cuando se perdió de vista, pronunció la dama:
—¿Y si me equivoco?